Un tema a recuperar: Psicoanálisis y sociedad
Escrito por Enrique Guinsberg   

 

En este artículo, el autor hace un recorrido por la relación psicoanálisis-sociedad teniendo como contexto histórico la realidad argentina. Realiza duras y controversiales críticas a la propuesta lacaniana planteando: "si lo peligroso para los psis y lo molesto para las fuerzas represivas era (y es) la vinculación entre psicoanálisis y realidad social, su eliminación posibilita la continuidad de una tarea pero sin sus riesgos. ¿Y qué mejor para ello que un marco teórico sofisticado y francés...? 

 

Enrique Guinsberg es profesor-Investigador Titular de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Miembro del SNI. Codirector de la revista Subjetividad y Cultura. Correo electrónico: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

 

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No es el propósito del presente trabajo analizar y discutir el vasto campo polémico que existe sobre las relaciones entre psicoanálisis y sociedad, tema tan necesario como abandonado en el presente, sino muy brevemente historiar y comentar las formas cambiantes con las que tal praxis se vinculó con las problemáticas sociales de nuestro continente o, más concretamente, con su realidad socio-política. Aunque, como se planteará en la parte final, tales vicisitudes no pueden aislarse de la apuntada visión visión teórica o, como está de moda decir ahora, de la "lectura" que se haga de la misma. Y si es necesario hacer constantemente un balance al respecto, los setenta años transcurridos desde el comienzo de la labor psicoanalítica en América Latina es un buen motivo para realizarlo nuevamente, máxime en momentos donde tal relación dista de vivir sus mejores momentos.


El desarrollo de psicoanálisis fue verdaderamente impetuoso, aunque cuantitativa y cualitativamente muy distinto en los diferentes países, siendo Argentina no sólo la pionera sino la que también alcanzó y alcanza una mayor difusión (sin duda alguna es uno de los países con mayor cultura analítica, que impregna a la cultura en general, y más alto número de analizados). Pero se trataba de un psicoanálisis absolutamente ortodoxo que incorporó de manera categórica los planteos de la escuela inglesa de Melanie Klein, praxis donde lo genéricamente entendido como "lo social" o “cultural” tenía y tiene escasa o nula incidencia y, en consecuencia, provocaba escaso o nulo interés.


Siempre se ha preguntado, y nunca hubo una respuesta absoluta y completa, por qué Argentina tuvo un interés tan alto por el psicoanálisis, que fue el que posibilitó el desarrollo señalado. No es éste el lugar para continuar tal interrogante -recientemente recuperado por Plotkin (2003) en una investigación acuciosa pero donde no responde enteramente tal pregunta, y por Carpíntero y Vainer (2004)-, pero sí es pertinente destacar como tal interés se dió fundamentalmente durante el período peronista (1946-55) en sectores médicos (luego de 1956 en las nacientes escuelas de psicología), en ámbitos de clases medias generalmente poco afectos a ese régimen pero también alejados de toda práctica política, lo que ayudaba aún más a alejar al psicoanálisis de toda "contaminación" con la realidad concreta (1). Lo importante era difundir y "salvar" al psicoanálisis, un conocimiento entendido como válido y vanguardista, marginándolo de todo peligro (aunque esta actitud ha existido en toda la historia del psicoanálisis, y persiste hoy en los sectores mayoritarios de las instituciones analíticas, que prescinden de las aportaciones marcadamente sociales del Freud interesado en "el malestar en la cultura", la psicología de las masas, las causas de las creencias religiosas, etc) (2).


El centramiento (por ahora) en el psicoanálisis argentino es por lo ya señalado -pionero, escuela continental, el de mayor desarrollo- como porque él llevó al grado máximo las diferentes posturas sobre el tema que nos ocupa, y que también de alguna manera proyectó continentalmente en un período de profundas convulsiones latinoamericanas. Porque, aunque no haya sido del interés ni promovido por sus instituciones tradicionales, el psicoanálisis ha sido y es influenciado por la cambiante realidad de nuestros países y en todo el mundo (3).


En el período señalado de su nacimiento y fuerte crecimiento el interés por "lo social" y la realidad político-social estaba ausente casi totalmente, con escasísimas excepciones (4), ubicándose en una postura que puede entenderse como "psicologista" y que luego Robert Castel definiría como "psicoanalismo" (1980), es decir con centro absoluto en el psiquismo individual y con total prescindencia de los vínculos de éste con la sociedad y la historia.


Los cambios se fueron dando aunque, se repite, al margen e incluso contra los deseos de las instituciones analíticas. Recuérdese que las décadas de los sesenta y los setenta fueron de grandes movimientos sociales en la mayoría de los países latinoamericanos: entre ellos el triunfo de la revolución cubana y su influencia posterior en el mundo político e intelectual, el surgimiento y auge de grupos guerrilleros junto a movilizaciones obreras e insurgencias urbanas, la aparición de dictaduras militares promovidas por la política estadounidense de contrainsurgencia, el impacto en América Latina -junto a lo anterior- de los movimientos contestatarios mundiales (desde el parisino del '68 hasta el de la "antipsiquiatría"), etc. Y el mundo psicológico y psicoanalítico no se mantuvo ajeno a tales influencias, como no lo está hoy ante el auge del "post-modernismo", la "crisis" y caída del “socialismo real”, la hegemonía neoliberal, etc.

En el caso argentino tales influencias encontraron campo propicio en la especificidad de su conflictiva realidad política como en circunstancias derivadas del crecimiento del propio psicoanálisis. Efectivamente, al salir éste del relativamente pequeño círculo de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) para difundirse a través de las cada vez más numerosas escuelas de psicología (aunque los analistas pretendían, sin mayor éxito, dar un status de segunda a los egresados de éstas), y al entrar cada vez más psicólogos y psiquiatras a hospitales y establecimientos asistenciales que permitían el contacto con pacientes distintos a los de los consultorios privados, se producía un vínculo que resultó luego explosivo: la mezcla de realidad política en ebullición con la muy alta politización de las universidades y el conocimiento de los padecimientos populares concretos (en esa época comenzaban, junto a las atenciones psicoterapéuticas, algunas actividades comunitarias de psicoprofilaxis).


En 1966 la dictadura militar que surge con un proyecto mesiánico de "reorganización nacional" y una ideología de cristianismo preconciliar agrega un elemento más: la marcada reacción de las clases medias intelectuales, que se remarca con la intervención a las universidades ("isla democrática" y progresista hasta ese momento) y la renuncia masiva de profesores del campo de las ciencias sociales, que son reemplazados por arribistas generalmente reaccionarios y de muy bajo nivel académico.

 

Cambio de paradigma respecto a "neutralidad" y politización

 


En tal contexto el mundo psi (psicoanalistas, psicólogos, psicopedagogos...) transitarán un camino que los llevará por derroteros muy distintos a los recorridos, teórica y prácticamente, hasta ese momento: política y procesos sociales, negados o desvalorizados anteriormente, harán su aparición e impregnarán -a veces hasta exageradamente, tal como siempre sucede con la clásica ley de las sobrecompensaciones- la praxis cotidiana.


Si bien el camino estaba abonado por lo señalado, es algo sucedido en Roma -el retiro del Congreso Psicoanalítico Internacional de 1969 de un grupo que funda Plataforma Internacional- lo que produce el retiro de pocos analistas didactas, tampoco muchos miembros y bastantes más alumnos en formación, de la tradicional y ortodoxa APA, cuestionando prácticamente todo pero sin renunciar a un psicoanálisis que seguían reivindicando pero buscando su vinculación con aspectos sociales y, concretamente en ese momento, con el marxismo. Esos analistas actúan dentro de la FAP (Federación Argentina de Psiquiatras) -¡otra paradoja de la época, organización reflotada por Emilio Rodrigué, Marie Langer y otros analistas, que unidos a psiquiatras por el interés social y político, olvidan clásicas querellas!- que a su vez coactúan junto a psicólogos y demás psis en una tarea práctica, teórica y política, de cada vez mayor radicalización y alcance (5).


Pero, ¿en qué consistía la relación buscada y pretendida entre psicoanálisis y sociedad? Los dos tomos de Cuestionamos, "documentos de crítica a la ubicación actual del psicoanálisis", son tanto un buen resumen de las propuestas y las distintas perspectivas de un grupo no homogéneo, como de las limitaciones e incluso el voluntarismo e idealismo-ideologismo de sus participantes. Rechazaban, hecho por supuesto nada nuevo ni original, desde la elitización de la práctica analítica hasta el abandono de la comprensión de la influencia de los aspectos sociales en el desarrollo de la subjetividad, y asumían categóricamente los planteamientos marxistas -en una perspectiva abierta y en general diferentes al de la versión stalinista- en un momento en que éstos eran bandera de un importante sector de la intelectualidad, el movimiento estudiantil, el sindical y la guerrilla (incluso en sectores del propio movimiento peronista).


En realidad los aportes teóricos realizados fueron no muchos e incluso no demasiado significativos, cayéndose en no pocos casos -nunca fueron la mayoría- en posiciones más panfletarias que creativa, pero de cualquier manera abrieron una importante y fundamental perspectiva diferente del psicoanálisis, muy contrastada con la ortodoxa e institucional. Quizás el eje central estuvo constituido por el reconocimiento de la inexistencia, en contraposición a lo que se proclamaban estas últimas, de una total y absoluta "neutralidad" del analista, aceptándose por tanto la existencia de una postura ideológica en éste -"inconciente" y no pocas veces claramente conciente-, con las consecuencias que esto ocasionaba tanto en la teoría como en la práctica concreta. Por lo antedicho no puede sorprender que se hiciera énfasis en la importancia que sobre el psiquismo producen la realidad social y sus acontecimientos específicos, negados o desvalorizados por las instituciones analíticas de la época. Los temas abordados en los tomos de Cuestionamos son clara expresión de tal preocupación y postura crítica frente al psicoanálisis ortodoxo e institucional: “Crisis social y situación analítica,” “Violencia y agresión o bien violencia y represión”, “Realidad y violencia en el proceso psicoanalítico”, “Extrapolación del encuadre analítico en el nivel institucional: su utilización ideológica y su ideologización”, “Psicoanálisis, ideología y política”, “Psicoanálisis y/o revolución social”, etc. eran problemáticas que, entre otras, se sumaban a las de psicoanálisis y marxismo, nuevos abordajes de la obra de Freud, etc.

 

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Si, como ocurre casi siempre, la postura crítica antecede a la de creación, otro elemento se sumaba a esto: gran parte de la actividad de estos grupos analíticos se canalizaba en la creación de instituciones alternativas como, hecho fundamental, en prácticas congruentes con los momentos de intensa combatividad que se vivían.

 

Independientemente de no pocos casos de militancia política concreta de los psis (en agrupaciones políticas e incluso guerrilleras), profesionales y diferentes agrupaciones realizaban desde una intensa denuncia (y a veces análisis desde la especificidad psicológica) de la represión política, hasta actividades teñidas de los intereses propugnados de vinculación con los sectores populares.


Fue aquí que hubo una inocultable capacidad de escapar a la clásica deformación intelectual -es decir a la crítica de escritorio, de cátedra y de café (aunque esto tampoco estuvo ausente)- para al menos realizar intentos de intervención concreta. Sin la pretensión de una lista exhaustiva merecen citarse: prácticas terapéuticas con militantes políticos (tema donde hubo una interesante y rica experiencia donde fue precisa la revalorización de conceptos clásicos, y que todavía espera su expresión escrita), apertura de nuevas prácticas en hospitales públicos (6), utilización del conocimiento de técnicas grupales en zonas barriales- y sobre todo marginales- para creación de conciencia sobre aspectos específicos y políticos generales, colaboración con organizaciones sindicales combativas estudiando efectos psicológicos del trabajo para ser utilizados como instrumentos de concientización y de lucha gremial, concurrencia de profesionales a cárceles para atención de presos políticos, y muchos etc. Luego de la terminación de la dictadura militar (en 1973, porque luego vino otra y peor), y sobre todo en el muy corto período democrático del peronismo del presidente Cámpora y escasos meses más, continuaron y se intensificaron tales prácticas y se agregaron otras, sobre todo vinculadas a una Universidad recuperada que estuvo fuertemente politizada y que, en el caso de la carrera de Psicología, incorporó a su enseñanza (a veces con una tendencia panfletaria e incendiaria exageradas) todo lo aquí reseñado; incluso en la Facultad de Medicina se creó un servicio de atención psicoterapéutica -también con esta orientación- con varios centenares de profesionales y cursos de formación.


En estos casos las terapias se realizaban sin pago, situación que rompía con todo un "dogma" de la práctica psicológica en general y psicoanalítica en particular. Sobre esto recuperemos algunas de las afirmaciones de un trabajo al respecto: "Haber transladado esta afirmación [que es imposible la terapia sin pago] al trabajo institucional, haberla mantenido durante medio siglo, implica una ideologización, cuya base monetaria es evidente. Nosotros, en nuestros grupos, tuvimos justo la impresión opuesta: la ausencia de un contrato económico entre pacientes y terapeutas facilitaba la labor y limpiaba el campo transferencial de interferencias. El paciente podía proyectar situaciones múltiples a nosotros, pero nunca sentirse mercancía" (7). Claro que las metas también eran otras y diferentes a la de las largas terapias privadas: "Eran, aparte de las mejorías sintomáticas, ayudar a nuestros pacientes a perder, o disminuir, por lo menos, prejuicios sexuales y sociales. Y liberarse de la ideología de la clase dominante. Era también lograr descubrimientos súbitos, al debilitarse la represión y los sentimientos de culpa inconcientes. Era poder adquirir conciencia y una visión diferente de sí mismos y del mundo. Era conseguir que comprendan como habían sido condicionados para ocupar el lugar que la sociedad les adjudicaba...".

Es interesante recordar que, y con una perspectiva de formación, se crea el Centro de Docencia e Investigación (CDI), que actuó como alternativa a los centros tradicionales de enseñanza, buscando ser "un marco adecuado de confrontación ideológica y científica" con el fin de dar a los Trabajadores de Salud Mental (TSM) una formación de opción ante las organizaciones existentes. Claro ejemplo de su cometido era una de sus formulaciones: "El CDI tiene por objetivo posibilitar la formación de los TSM; teniendo en cuenta la necesidad del exanen crítico de los supuestos que fundamentan sus prácticas y de las condiciones socioeconómicas concretas en que éstas se realizan, se trata de ubicar la problemática de la salud mental en el contexto de una sociedad dividida en clases, con intereses económicos y políticos propuestos y estancada en su desarrollo por la dependencia de los monopolios imperialistas". Como también se destacaba, la vieja antinomia psiquiatría/psicoanálisis se consideraba superada y reemplazada por la de psiquiatría oficial/psiquiatría al servicio de las clases explotadas; y como dato marginal pero significativo debe también recordarse que el CDI comienza a funcionar -antes de tener un lugar adecuado al muy alto número de concurrentes a sus cursos- en el Sindicato de Obreros Gráficos, organización combativa y enfrentada a la CGT (Confederación General del Trabajo) oficial y burocrática.


Si bien, y por lo varias veces apuntado, Argentina fue el centro de apogeo de la relación psicoanálisis-sociedad (y política) en América Latina, de manera alguna fue un caso aislado. Porque se trataba del "espíritu de la época", que incluso alcanzaba difusión mundial, y al que de manera alguna escapaban otros países de un continente fuertemente convulsionado, aunque con un peso acorde al que tenía el psicoanálisis (y las luchas político-ideológicas) en cada uno de ellos.

Por difusión y similitud Uruguay tuvo un desarrollo aminorado y parecido. ¿Y como no iba a darse una tendencia de este tipo en el Chile del período 1970-73, en plena efervescencia de la Unidad Popular con Salvador Allende en la presidencia, aunque en este país la difusión del psicoanálisis es mucho menor que en su nación vecina?. Diferente fue el caso de Brasil, donde desde mediados de la década de los '60 imperaba una dura y represiva dictadura militar, pese a lo cual una tendencia similar emergió en los períodos donde existió una cierta libertad (a veces sólo relativamente permisiva para los sectores culturales e intelectuales).


México tampoco fue una excepción, también con las limitaciones señaladas en el párrafo anterior. Sin olvidar que aquí el desarrollo psicoanalítico fue menor a otras corrientes dominantes en sus escuelas de psicología (sobre todo el conductismo), debe también recordarse que aunque sus pioneros se formaron en Argentina, muchos más lo hicieron en Estados Unidos -sobre todo después de los años iniciales- país donde tuvo y tiene hegemonía un "psicoanálisis del yo" poco preocupado por problemáticas sociales y mucho por la adaptación a la realidad dominante. Tampoco debe olvidarse que este país resintió por largos años la conocida represión del movimiento estudiantil de 1968 y 1971, pero que no impidió el desarrollo de algunas tendencias contestatarias, más a nivel teórico que otra cosa, en ámbitos universitarios y académicos (con un mundo estudiantil y cultural politizados con la influencia de la revolución mexicana, de la cubana -a más de la cercanía con este país México fué el único del continente que no rompió relaciones cuando la OEA se pliega al bloqueo de Estados Unidos- y con la influencia mundial). Al ser muy complicado plantear en breves líneas la complejidad del proceso político-cultural de este país, y no ser tampoco el objetivo del presente trabajo, baste señalar que a fines de la década de los '60 aparece un núcleo afín a Igor Caruso -preocupado por la relación psicoanálisis-sociedad y abierto a problemáticas “freudo-marxistas” (8) e incluso a las "antipsiquiátricas" (9), llamado luego y hasta hoy Círculo Psicoanalítico Mexicano, tendencia también presente en el núcleo original de los CIJ (Centros de Integración Juvenil). Esta tendencia se refuerza, desde mediados los '70, con la fuerte llegada a México de psis exiliados de los países del Cono Sur del continente, y también en importante medida influye en muchas universidades y centros académicos del país (entre ellas la carrera de Psicología de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, que hoy, congruente con los cambios analizados en este artículo, también tiene una postura muy diferente aunque sin asumir explícitamente tal cambio).


El proceso inverso

 


El cambio que posteriormente se produce en América Latina -el fracaso de las expectativas revolucionarias y el surgimientos de dictaduras militares en prácticamente todo el continente- unido a otros factores que luego se mencionarán, produce una inversión del proceso hasta ahora reseñado. Nuevamente la relación psicoanálisis-sociedad estará determinada por las vicisitudes de los cambios sociales, políticos, ideológicos y culturales de la región y el mundo.


Frente a la derechización de los regímenes políticos, y la consiguiente represión, hubo un marcado retroceso en la vinculación que se daba entre psicoanálisis y sociedad, que incluso llegó a derivar en un abandono casi completo de una relación que se veía como necesaria y ya plenamente asentada (10). En tal recorrido influyó sin duda la pérdida de espacios políticos conquistados, pero sobremanera un marco represivo que alcanzó directamente al mundo psi y sus instituciones, e indirectamente penetró con su clima de terror todo el espacio social de prácticamente el continente en su totalidad (con las excepciones conocidas).


Recuérdese también que los TSM son fundamentalmente parte de unas clases medias muy influenciadas por posturas que alcanzan éxito (y más en las condiciones políticas del período analizado), así como, de manera inversa y coherente, también son fácilmente marcados en sus valoraciones e intereses por una situación de retroceso o de derrota, máxime si estas se acompañan de represión o de su peligro. De esta manera decayó notoriamente la actividad de las nuevas organizaciones profesionales emergentes (e incluso desaparecieron) -por la tendencia que aparecía, el temor o los atentados represivos concretos realizados contra ellas y/o sus miembros-, se perdieron los espacios universitarios ganados (e incluso muchos asistenciales que fueron cerrados, disminuidos o reprimidos), y en diferentes momentos una importante cantidad de profesionales tuvo que exiliarse en salvaguardia de su vida.


Si bien es cierto que parte de los que se vieron obligados a hacerlo no tuvieron una praxis tan comprometida como para sufrir represión, la fuerza fue tal, que hubo muchos casos donde se buscó, encarceló o se mató a gente inocente: por estar en la libreta de direcciones de otra persona, por sospechas infundadas, por haber estado en algo considerado "subversivo" por la dictadura y que realmente no lo era, y muchos etcéteras más. Y es comprensible que se hayan exiliado. Pero es innegable que la reseñada acción de los TSM molestó y preocupó mucho a los sectores conservadores, al punto que el designado Secretario General de un instituto de educación superior declaró que "Marx y Freud eran los delincuentes ideológicos más divulgados en las universidades argentinas". Años más tarde un anónimo y desaforado expositor, citado por una revista afín a la dictadura militar, brinda una opinión muy al estilo del clima imperante: "Aquí se aprovechó la incidencia social de la psicología para llevar agua al molino [de los intereses "subversivos"]. Si a su consultorio llega un hombre que tiene problemas de conducta en su trabajo, y en lugar de rastrear en sus antecedentes individuales y familiares usted se circunscribe a la situación laboral, podrá convencerlo más fácilmente de que su problema, en realidad, es que es un explotado. Pero además de eso el proceso fue acompañado de una abundante bibliografía. No descarte que algunos autores muy leídos ayudaron a eso. Es el caso de un Erich Fromm, en algunas de sus obras, y de un Wilhelm Reich en casi todas..." (11).


El interés y preocupación por la vinculación del psicoanálisis con la sociedad por supuesto que no desapareció, pero sí disminuyó en mucho y dejó de ser dominante dentro del campo profesional específico y del mundo cultural general. Siendo difícil e incluso peligroso continuar en tal camino, el mantenimiento de éste siguió de manera manifiesta a través de dos vías fundamentalmente. En el mundo del exilio, sea en instituciones o a través de la denuncia pública pero, en este último caso, sin la continuación y enriquecimiento de un trabajo teórico que ya desde antes, y como fue señalado, tuvo un desarrollo creativo sólo incipiente. En esta línea continuaron también las vinculaciones con quienes propugnaban un camino alternativo a la psiquiatría en Encuentros realizados en Cuernavaca (México) en 1979 y 1981, Belo Horizonte (Brasil) en 1983 y Buenos Aires (Argentina) en 1986, ámbitos donde la fuerte polémica y las notorias diferencias entre psicoanálisis y "antipsiquiatría" eran factibles de ser discutidas por el enfrentamiento común contra las formas represivas de "salud mental" y el interés por la vinculación con expresiones sociales (12).

 

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Una segunda relación se dió, tanto en el exilio como dentro de los países con dictaduras militares, por la necesidad de brindar atención psicoterapéutica a afectados (directos e indirectos) por la cada vez más creciente represión: exiliados, torturados, familiares de ellos y de "desaparecidos", etc. Práctica nueva en el continente y que obligó en principio a improvisar bastante -las teorías y técnicas tradicionales de terapias no contemplan esta situación y hubo que adecuarlas y/o crear nuevas-, y que luego fue desarrollada mucho más también teóricamente. Por causas obvias su primera aparición pública fue en países receptores del exilio a través de organizaciones de TSM latinoamericanos (las más conocidas estuvieron en México, París, Bruselas, Frankfort, Amsterdam, etc), no teniendo acción abierta -pero sí clandestina a niveles individuales o grupales- en los propios países afectados por la represión hasta los momentos finales de las dictaduras, período en los que hacen su entrada manifiesta generalmente en vinculación con organizaciones de derechos humanos y con un trabajo arduo (una clara excepción fue la chilena del FASIC -Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas- que desarrolló su trabajo muchos años antes de la terminación del pinochetismo en el gobierno). No hace falta destacar como en una tarea semejante estaba manifiesta una relación entre psicología y sociedad, lo mismo que una postura crítica a los regímenes imperantes, que se evidencia en la hoy muy amplia bibliografía existente.


Frente a los riesgos objetivos y la toma de posición que tareas semejantes implicaron, contrasta aun más la "neutralidad" y retiro de incorporación de aspectos sociales -antes visibles y hoy negados- por parte de importante cantidad de analistas o profesionales vinculados al psicoanálisis. Sólo a título de ejemplo vale mencionar las posturas asumidas en épocas de la dictadura: 1) interrupción del tratamiento o no aceptación a personas con actividad militante, reconociendo que lo hacían por el temor a riesgos (13); 2) actitudes de menor prescindencia que la anterior al señalarse, sin dar motivos, la necesidad de interrupción de la militancia o interpretarse ésta como patológica o resistencia al análisis; 3) actitud disociada: "un ejemplo extremo de estas situaciones me fue planteado por un jóven que consulta en mi consultorio particular en 1983, y que tenía una hermana desaparecida. La familia había simulado que no pasaba nada, adoptando a los hijos de la desaparecida sin volver a hablar de la ausente. Durante un prolongado análisis se produce el secuestro de una compañera de consultorio de su analista, y a pesar de que el consultante presencia el hecho desde la calle, en sesión no se habla de él" (Bozzolo, 1986:139-142).


Claro que existía miedo, pero este no siempre era asumido como tal (o lo era parcialmente) sino racionalizado, para lo cual la "moda" psicoanalítica que comenzó a tomar fuerza, justamente al comenzar a perder fuerza la importancia de la vinculación con la sociedad, resultaba sumamente útil. Desde ese momento -1974 para dar una fecha sólo muy aproximada- el "lacanismo" se difunde de manera extremadamente grande en Argentina y en varios países latinoamericanos (superando en el primero de esos países incluso la dimensión que tuvo en Francia), al ser adoptado casi masivamente e incluso por no pocos que previamente aceptaron, evidentemente también como "moda" más que por verdadera convicción, lo antes imperante (14).


Una difusión tan grande evidentemente no es casual, resultando una ingenuidad creer que sólo responde a la aceptación de los valores de la obra de Lacan; es entonces necesario y útil -aunque nada hecho por sus seguidores- evaluar a qué responde, con base también en sus consecuencias, el éxito de tal "moda". Al no ser posible hacerlo aquí por razones de espacio (15) se sintetiza afirmándose que si el proceso anterior estuvo determinado por las condiciones sociales y políticas de la época, de auge de luchas populares, con éste ocurre lo mismo pero bajo la situación del retroceso de tales luchas y el fracaso de las expectativas "revolucionarias", a lo que debe agregarse la existencia de marcos ideológicos por ello determinados: "crisis" generalizadas (del "socialismo real", de los paradigmas, etc.), auge de un confuso pero presente "postmodernismo" (del que el "lacanismo" sería su expresión psicológica), etc.


Efectivamente, si lo peligroso para los psis y lo molesto para las fuerzas represivas era (y es) la vinculación entre psicoanálisis y realidad social, su eliminación posibilita la continuidad de una tarea pero sin sus riesgos. ¿Y qué mejor para ello que un marco teórico sofisticado y francés, muy difícil de interpretar, de moda en Europa, que brinda "respuestas" casi para todo y en correspondencia con el clima intelectual del momento, que no implica peligros y evita la culpa por el abandono de lo antes seguido? Es cierto que lo último es una super-simplificación de algo mucho más complejo, pero también lo es que resulta difícil negarlo con base en sus efectos, hasta hoy perdurables.


Porque una cosa es la necesaria crítica y autocrítica de los errores y exageraciones cometidas en las intenciones de vincular psicoanálisis y sociedad tanto en teoría como en la práctica concreta, y otra muy diferente es el abandono generalmente completo de tal objetivo. Que es lo que ocurrió -y al respecto véase la muy profusa, muchas veces intrascendente, bibliografía lacaniano/lacanista- al amparo de elucubraciones donde se reconoce la importancia de lo social/cultural pero no se lo asume de manera plena sino a través de formulaciones inconducentes y neutralizadoras en el plano de lo concreto. Uno de los mecanismos utilizados para esto es el señalado por un lacaniano desilusionado que escribe que en este discurso "el orden simbólico no podrá relacionarse ya con lo social; es el lenguaje el que llevará todo el peso", por lo cual "abandonado lo social, sin lo cual lo simbólico no tiene soporte, Lacan está constreñido a sustantivar la palabra y darle un poder" (Roustang, 1989:48 y 49). De esta manera desaparece la importancia de la realidad concreta y, como observa un analista estudioso de los efectos de la represión política, "corremos el peligro de mantener nociones de conflicto en un nivel abstracto, desvinculado del contexto en el que nosotros mismos estamos insertos" (Galli, 1986:37).


Respecto a tal poder de la palabra e importancia del lenguaje (que, por supuesto nadie podría negar), es imposible no hacer aunque sólo fuese una muy breve mención del discurso de las corrientes “lacanistas”, justificado en la complejidad del inconciente, pero que busca complicar todo y dar la apariencia de que dice muchas cosas aunque muchísimas veces oculta un vacío conceptual pero, eso sí, “muy complejo”, y ofrece una aparencia de presentar algo denso que regodea a sus adeptos. Como dicen Sokal y Brincmont en un texto que todos deberían leer (1999) (16), aunque en sentido general pero sin duda aplicable a lo indicado, muchas veces se trata de escritos “tan pomposos como carentes de sentido” (p. 156), textos con falta absoluta de claridad y transparencia, presentación como “ciencia” de “un coctel de confusiones monumentales y confusiones delirantes” (p. 169), envolver una observación banal “en una terminología rebuscada” (p. 171, destacando la “enorme diferencia entre los discursos que son de difícil acceso por la propia naturaleza del tema tratado y aquellos en que la oscuridad deliberada de la prosa oculta cuidadosamente la vacuidad o la banalidad” (p. 205).


Muchas más son las razones de tal auge lacanista -Roustang señala algunas pero no las sociales y políticas aquí apuntadas- que produjo la "conversión" que se menciona (17). Pero tampoco puede olvidarse la situación actual, poco propicia para vinculaciones profesionales con objetivos de tinte social y político, la que, inversamente, fomenta la vuelta a posturas más de tono psicologista y subjetivista, sin olvidar aquellas donde persisten esos propósitos pero más a nivel "micro" (reconociendo los impactos psíquicos de las actividades grupales, familiares, etc.), o verbales y teóricas (algunos planteos de psicología institucional "afrancesada"), etc.


Que en definitiva son congruentes con el Zeigest (espíritu del tiempo) actual ya indicado, es decir de escaso sentido crítico o que lo es sólo en apariencia (sobre todo en palabras y no en hechos). Así, por ejemplo, y si bien es cierto que puede afirmarse con fundamento que “la salud mental no existe” o que “siempre habrá malestar en la cultura”, es evidente que más allá de la imposibilidad de una “salud mental” absoluta y perfecta -al estilo de esa utópica idea de que ella “no es sólo la ausencia de enfermedad sino el perfecto estado de bienestar físico, psíquico y social”-, sí existen múltiples gradaciones y posibilidades de cambio, aunque éstos sean parciales y nunca completos; lo mismo respecto a esa permanencia del “malestar cultural”, porque también es evidente la existencia de múltiples facetas de mismo. Pero en los casos en que se reiteran latosamente esas afirmaciones (sin el sentido aquí planteado), y aunque se comprenda lo planteado en este artículo, se forma un estado general de desesperanza, de limitación de búsqueda de salidas (aunque éstas sean relativas), y en definitiva una situación de pasividad ante la realidad política y social en la que cae el mundo “lacanista” en general y gran parte del campo posmoderno (término hoy tan polisémico que es muy difícil conceptualizarlo).

 

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¿Es válido señalar que las perspectivas posmodernas son el correlato ideológico del modelo neoliberal, y que el “lacanismo” la versión posmodernista del psicoanálisis? Por supuesto no de manera absoluta, pero es imposible negar sus vínculos, acercamientos o nexos que podrán no ser teóricos pero sí pueden ser utilizados. Más allá de la recién indicada polisemia del posmodernismo e incluso de muchas interesantes y valiosas posturas de este marco teórico (en particular de algunas de sus críticas a la modernidad) -y como se escribió en un artículo anterior (Guinsberg, 2000a:20) algunos autores observan que lo posmoderno no es sinónimo de neoconservador al tratarse de dos fenómenos diferentes, pero entienden que “muchos rasgos posmodernos resultan funcionales a las políticas de dominación” al ayudar a la debilidad de la sociedad civil y a la capacidad de resistencia (Follari, 1993:79). En similar perspectiva Hopenhayn señala las conexiones entre las críticas posmodernas y el proyecto de hegemonía cultural neoliberal: a) la exaltación de la diversidad redunda en la exaltación del mercado, donde la desregulación es el correlarto práctico de la multidiversidad (18); b) la crítica de las vanguardias se traduce en una crítica de la política (salvo que ésta esté a favor de la desregulación) y de cualquier planificación e intervención estatal; c) no habiendo una dinámica emanicipadora que corra por debajo de los acontecimientos, nada permite cuestionar la sociedad de consumo, el derroche, la alienación del trabajo, etc.; d) la crítica de las ideologías se capitaliza en crítica al marxismo y otras posturas humanistas y socialistas, y la crítica a las utopías se vuelca sobre las igualitarias o que busquen mecanismos redistributivos; e) la crítica de la integración modernizadora transforma la heterogeneidad estructural en una muestra de la diversidad (Hopenhayn, 1990:11-14). Para cualquier lector crítico es evidente la consonancia de todo esto con el discurso y posturas de las corrientes “lacanistas” y con los afines a tendencias francesas de moda.


Tal el panorama actual, tan distinto al reseñado en las páginas iniciales de este artículo. Lo que no quiere decir que la vinculación psicoanálisis-sociedad haya sido abandonada, pero sí que se encuentra no en su mejor momento y limitada a sectores minoritarios y casi marginales, considerados por algunos como "viejos" y no adaptados a la "(pos)modernidad" imperante, o simple y despectivamente “dinosaurios”. Persisten en tal postura (o "empecinamiento") tanto psis aislados como muchas de las organizaciones vinculadas a derechos humanos antes mencionadas (19), y se han realizado ocho Encuentros de psicoanalistas con psicólogos "de orientación marxista" en La Habana (20). En México desde 1991 se publicaron hasta ahora 25 números de una revista, Subjetividad y Cultura, que desde su mismo nombre indica su postura teórica y práctica, y en otros países latinoamericanos existen otras con lineamientos similares (entre ellas Topía y Campo Grupal en Buenos Aires, Giros de Aspas en Costa Rica, y Grupo en Monterrey).

Por otro lado han desaparecido instituciones que antes se interesaban por esta perspectiva -algunas por efectos de la represión política y la consiguiente ausencia de espacios, otras por pérdida de tal interés-; algunas se mantienen pero ya casi sin tal identidad (por ejemplo el Círculo Psicoanalítico Mexicano, que preserva sólo algunos resabios bastante deslavados, muy poco firmes y sin la vinculación con aspectos concretos como lo que tuvo en otras épocas).


Teorizando sobre todo lo anterior Hasta aquí el pasado reciente y el presente de la vinculación de psicoanálisis con sociedad en Latinoamérica. Del futuro hoy resulta muy difícil o casi imposible hacer predicciones, pudiendo sólo decirse que nuevamente dependerá de la evolución del proceso político y social del continente e incluso del mundo (qué pasará en las naciones atrasadas y empobrecidas, de la capacidad de los sectores progresistas y de izquierda de encontrar una alternativa creativa y real que escape a los dogmatismos hasta ahora preponderantes, del camino que se produzca en las sociedades del que también puede denominarse "capitalismo realmente existente", etc).


Lo que se plantea en este final algo teórico es la necesidad de retornar e incluso intensificar la relación entre psicoanálisis y sociedad, pero mediante la superación de lo realizado -es decir criticando y elevando los niveles a veces sociologistas, panfletarios y simplistas utilizados- para construir una relación necesaria e imprescindible que termine con las disociaciones entre hombre y cultura, o entre psicología y sociología si se prefiere, como ámbitos no relacionados.

Se trata en definitiva de retornar a lo que el psicoanálisis pretendió ser y dejó de ser (al menos, y no siempre claramente, en Freud). Recuérdese como los analistas se enorgullecen de la supuesta afirmación de Freud a Jung en 1909, en viaje a Estados Unidos, de que les llevaban la "peste", entendiendo por tal la ruptura que el psicoanálisis estaba produciendo con las ideas dominantes de la época (respecto a los niveles del psiquismo al introducir la noción de inconciente, sobre sexualidad, etc), convirtiéndose por tanto en un saber claramente "subversivo".

 

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Es incuestionable que hoy, y desde hace bastante tiempo, no lo es: muchos de sus planteos son aceptados por muy vastos sectores (salvo los claramente retardatarios y algunos religiosos), y las instituciones analíticas son parte manifiesta del statu-quo en prácticamente todos los países en las que existen. Pero no debe olvidarse que retomó ese caracter cuando precisamente abordó críticamente las problemáticas vinculadas a la relación con la sociedad, es decir a lo atinente al o los conflictos hombre-cultura.


Tampoco es posible en este trabajo un amplio desarrollo al respecto, ya realizado en otra oportunidad (1991). Muy sintéticamente es necesario recordar la paradoja que implica la cultura (término utilizado por Freud como equivalente a sociedad) para el ser humano: éste se forma como tal por la misma, pero al mismo tiempo toda cultura inevitablemente reprime la realización de gran parte de sus deseos, los que deben ajustarse (de ser posible su realización) a las normas imperantes en cada situación concreta. Por lo señalado no puede hablarse, como equivocadamente se ha hecho en algunos casos, de un antagonismo hombre-cultura (en tanto el hombre no existe como tal sin la misma), sino de las características que asume tal vínculo. No es entonces exagerado afirmar que esta relación es la central del campo psicoanalítico, de la que dependen todas las facetas de su praxis, y a la que debe retornarse pese a la negación de la misma realizada por la ortodoxia conservadora de las instituciones tradicionales, negación que ha posibilitado la aceptación y pérdida del carácter "subversivo" del mismo. Y una de las principales trampas que se utilizan para esto parte de una verdad, la afirmación de que el objeto de estudio del psicoanálisis es el inconciente: efectivamente lo es pero, como se plantea en el inicio de este párrafo, los deseos del mismo están permitidos, prohibidos o condicionados en su realización por cada forma cultural concreta de cada momento histórico concreto (o grupos de los mismos), algo muy claro en el título de un importante trabajo del propio Freud: Los instintos y sus destinos (en la traducción de López Ballesteros) o Pulsiones y destinos de pulsión (en la edición Amorrortu).


Con toda razón se ha considerado que "El malestar en la cultura" es una obra "molesta" y poco utilizada por los psicoanalistas, al igual que otras a veces consideradas "sociológicas" ("El porvenir de una ilusión", "Psicología de las masas y análisis del yo", etc). Citadas y mencionadas -¿cómo no hacerlo cuando para no pocos el psicoanálisis se ha convertido en una especie de "religión laica"? (21)- pero para su neutralización (o para destacar el caracter "negativo" de la cultura) y no para continuar los desarrollos allí esbozados. Y menos, por supuesto, con relación a situaciones concretas de las sociedades específicas del presente y la repercusión que sus formas culturales tienen sobre la subjetividad.


Comprendiendo lúcidamente esta situación Moscovici considera en las formulaciones de esas obras Freud no plantea algo diferente a lo de sus otras obras: "Se ve bien que no se trata de unos vagones separados de la locomotora que se hubiesen salido de la vía, sino de un tren entero sólidamente enganchado que ha tomado una dirección inesperada. Por no haber percibido esta unidad, incluido el vínculo de esta 'psicología religiosa' con la psicología de las multitudes, todo se transtorna y deviene inquietante. Freud no está ya en Freud. Y para disimular su desconcierto, no se tiene otro recurso que buscar explicaciones sin pie ni cabeza. En primer lugar se afirma que, siendo obras de un hombre de edad avanzada, están desprovistas de valor científico. Así como, durante mucho tiempo, los escritos de juventud de Marx fueron expurgados de su obra, a causa de su carácter filosófico, así también los escritos de vejez de Freud son ignorados, con el pretexto de ser restos mitológicos. Se condenaba a los primeros al ostracismo, pretendiendo que Marx los había compuesto antes de la edad en la que se puede hacer ciencia seria. Se disimulan los segundos (¿por cuanto tiempo?) con el pretexto simétrico de que Freud, llegado al límite de edad no podía ya hacer ciencia seria". Negando esta negación -y considerando que su obra debe ser vista a la luz de estos intereses, donde prima la relación hombre-cultura- el autor, irónicamente, entiende que "también en la ciencia es válido el consejo según el cual es preferible dirigirse a Dios que a sus santos. O a sus exégetas" (Moscovici, 1985:278 y 280).


Y es el propio Freud el que, en muchos momentos de su vida, consideró que "precisamente un criterio para medir la autenticidad del psicoanálisis sería el de no ser aceptado" (citado por Páramo, 1982:89). Coincidente con esta idea dirá en una conferencia de 1910 algo muy vinculado a lo señalado en este trabajo: "La sociedad no se apresurará a concedernos autoridad [ya que] no puede menos que ofrecernos resistencia, pues nuestra conducta es crítica hacia ella; le demostramos que contribuye en mucho a la causación de las neurosis. Así como hacemos del individuo nuestro enemigo descubriéndole lo reprimido en él, la sociedad no puede responder con solicitud simpática al intransigente desnudamiento de sus perjuicios e insuficiencias; puesto que destruimos ilusiones, se nos reprocha poner en peligro los ideales" (Freud, 1979:139). Claro que esto puede decirse desde una postura abstracta -lo que pueden hacer y hacen la mayoría de los psicoanalistas-, pero el cambio es radical y absoluto cuando se indican las formas concretas de este proceso, lo que en general no se hace y es lo que produce una sustantiva diferencia.

Y mucho menos podrá responder con amabilidad luego de las obras críticas señaladas, por lo que la aceptación actual es evidentemente muy sospechosa. Clara señal de que algo anda mal (excepto para aquellos profesionales e instituciones que lucran con su adaptación acrítica).


¿No resulta entonces coherente y entendible esta postura que evita continuar con el "intransigente desnudamiento de los perjuicios e insuficiencias" que provoca la sociedad causante de neurosis, máxime cuando con ello se impide el estudio concreto de las formas específicas que ésto toma en cada una de las sociedades también concretas? Porque ¿puede dudarse que resultaría muy molesto investigar cómo se buscan canalizar las tendencias agresivas de los hombres en función de los intereses de los sectores dominantes de cada sociedad, las formas patológicas que produce un consumo desaforado impulsado por una visión del mundo mercantilista, las causas de que a mayor bienestar material haya también incremento de neurosis y drogadicción, las consecuencias que las formas capitalistas provocan en la subjetividad (de la misma manera que hoy justamente se critican las consecuencias del "socialismo real"), y muchos etcéteras más?


Se trata de un camino difícil y riesgoso pero necesario. Del que depende sacar o no al psicoanálisis de un empantanamiento y estancamiento actual que incluso le impide comprender mucho de la psico(pato)logía del sujeto de nuestra época, cuyas características concretas surgen precisamente de los cada vez más rápidos cambios culturales.

 

Notas




(1) Peor aún, la tendencia absolutamente hegemónica de ese psicoanálisis fue dar interpretaciones psicoanalíticas de lo social y lo político al estilo de decir que el peronismo “fue un sistema paternal, ‘la gran madre alimentadora’ que les daba [a sus partidarios] poder, protección seguridad y dinero. Al caer se sintieron íntimamente frustrados, resentidos, agresivos, paranoides... Con ellos se está produciendo lo que en las neurosis individuales se llama ‘contaminación’” (citado por Plotkin, 2003:126). Algo que este autor (p. 133) explica claramente: “En una atmósfera en donde la esfera pública estaba restringida, el psicoanálisis brindaba herramientas para transladar el análisis de la realidad externa conflictiva hacia el interior, a la realidad íntima”. Por supuesto esa tendencia continuó y continua en muchos analistas a través de una conocida deformación psicologista que trata de explicar todo desde el campo del psiquismo.

 

(2) Ver más adelante la explicación que da Serge Moscovici sobre las causas de esta tendencia.

 

(3) Sobre esto es importante recordar el caso de Wilhelm Reich de su período izquierdista, que fue combatido y luego expulsado tanto de la institución analítica como del Partido Comunista (sobre sus posturas e historias ver Guinsberg, 2001a).

 

(4)Dentro del núcleo central de la institución analítica José Bleger fue uno de ellos al preocuparse por la relación con el marxismo y escribir al respecto (1958), lo que le trajo problemas tanto con sus colegas como con el stalinista Partido Comunista del que era miembro.

 

(5) No es este el lugar para un desarrollo exhaustivo del proceso y de las instituciones que surgieron. El lector interesado encontrará un resumen en mi artículo El trabajo argentino en salud mental: la práctica entre la teoría y la política, en el libro citado en nota 1.

 

(6) Como ejemplo de esto puede verse el trabajo de Marie Langer y Alberto Siniego (1988), que describe la labor realizada con mujeres mediante terapia grupal en un establecimiento de la ciudad de Avellaneda, zona popular y obrera del Gran Buenos Aires.

 

(7)Sin duda esta afirmación puede ser válida pero también muy discutible como generalidad.

 

(8) El entrecomillado del término “freudo-marxista” es por coincidencia con la afirmación de Alejandro Vainer (2004) de que tal término nunca fue utilizado por quienes integraban ese movimiento (Reich, Fenichel, Bernfeld, etc.) que se identificaban como izquierda psicoanalítica.

 

(9) En 1975 Armando Suárez, su fundador y figura más destacada hasta su muerte en 1988, organiza una reunión con célebres figuras de estos campos -Franco Basaglia, Marie Langer, Igor Caruso, Thomas Szasz, etc.- cuyas intervenciones aparecen luego en un conocido libro (1978). Posteriormente se realizan en Cuernavaca Encuentros de esta corriente con la presencia tanto de múltiples asistentes como de las figuras más conocidas y prestigiadas de ese movimiento (los Basaglia, Cooper, Moni el Kaim, Guattari, etc.)

 

(10) "Para que nuestra ciencia sobreviva en la nueva sociedad que se avecina, y para que pueda complementar con su conocimiento psicológico lo creado en otro nivel, esta vez no renunciaremos ni al marxismo ni al psicoanálisis". Esta cita, que cierra el artículo "Psicoanálisis y/o revolución social" (presentado al XXVII Congreso Psicoanalítico Internacional de Viena de 1971) y también el primer tomo de Cuestionamos, fue seguido por su autora, Marie Langer, hasta su muerte, pero fácilmente olvidado por no pocos de quienes coincidían verbalmente en una afirmación que provocó gran entusiasmo.

 

(11) "El psicoanálisis en la picota", nota de tapa de la revista Somos, Nº 209, Buenos Aires, 19-9-80. En el mismo artículo un alto funcionario del Ministerio de Educación declaraba que la necesidad de reglamentar el ejercicio profesional de los psicólogos "es lo que logra una política demagógica y un calculado montaje marxista... Es inusitado el auge que tomaron carreras como psicología, antropología, sociología y ciencias de la educación. Fíjese que son todas disciplinas que inducen factores de cambio en la sociedad. Ese boom responde a una estrategia marxista, sin ninguna duda". Es interesante observar como lo que estos sectores opinan sobre las praxis psicoanalíticas coincide con la que siempre tuvieron (y tienen) los sectores ortodoxos e institucionales, y ahora de hecho las corrientes “lacanistas”.

 

(12) Esta polémica entre el movimiento de alternativas a la psiquiatría y el psicoanálisis puede verse en la parte III del libro (1990-1996). Respecto al Encuentro de Buenos Aires véase mis trabajos (1987a y b).

 

(13) Es importante recordar (o hacer conocer porque muchos no lo saben) que tal fue la actitud oficialmente tomada por la institución analítica alemana, que para “salvar al psicoanálisis” aceptó no atender a militantes no nazis en una de las posturas que el campo ortodoxo prefiere dejar en el olvido y no investigar. Sobre esto véase el muy importante e interesante trabajo de Hager (1997).

 

(14) El término lacanismo aquí utilizado es para diferenciarlo de "lacaniano", de manera similar (aunque no idéntica) a lo que Castel hace entre psicoanálisis y "psicoanalismo". Mientras lo segundo implica una aceptación seria y con base en un conocimiento real, y a veces crítico, de los planteamientos de Lacan, lo primero constituye más lo señalado como "moda", con más uso de su terminología que con base en conocimiento y convicción. Podrá decirse que algo similar se produce siempre y en múltiples y diferentes marcos teóricos (marxismo, kleinismo, etc.), lo que es cierto, pero esto no quita que ahora también se repita con tal tendencia.

 

(15) Un desarrollo más extenso se encuentra en el libro citado en nota 1 y en otros textos míos (1991c, 1997a, 2001b).

 

(16) La historia de este libro es tan interesante como reveladora: el primero de esos autores, físico de profesión, envía a la revista Social Text, de la Duke University de Estados Unidos (la más importante del campo posmoderno de ese país), un artículo con título apasionante, “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica”. Luego de ser publicado tras el clásico proceso de dictaminación, Sokal les envía una carta mostrando su extrañeza por la aprobación de su artículo, al que considera una broma porque si bien la gran cantidad de citas eran correctas y válidas, el vínculo entre ellas no pasaba de ser un disparate, carta que la revista no publica. Con todo el material acumulado Sokal, ahora junto con Brincmont, publican este libro para mostrar como los principales “gurús” del campo intelectual francés (Lacan, Kristeva, Irigaray, Latour, Baudrillard, Deleuze y Guattari, Virilio) utilizan conocimientos de las “ciencias duras” que ni comprenden ni manejan adecuadamente, apoyándose en ellas para dar verosimilitud a sus planteos teóricos (sobre los cuáles Sokal y Brincmont no opinan), criticando tanto tanto esa utilización como el para qué de la misma. Ninguno de los autores criticados, ni sus seguidores, pudieron refutar las afirmaciones de este libro. Comentarios sobre este libro puede verse en Follari, Guinsberg y Matrajt (2000).

 

(17) Incluso en analistas exiliados que, formando parte de organizaciones de TSM vinculadas a prácticas de denuncia y solidaridad, sistemáticamente las abandonaban (casi siempre mediante racionalizaciones) -lo mismo que toda práctica política- al entrar a tal marco lacanista.

 

(18) Respecto a la importancia y límites de la comprensión de la diversidad véase mi artículo (2000b).

 

(19)En Chile los principales miembros del FASIC se independizan de las instituciones cristianas que les dieron cobijo y constituyen el ILAS (Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos).

 

(20) Información y evaluación de los mismos pueden verse en mis artículos sobre los mismos, entre ellos sobre el primero (1986), sobre el segundo (1989); y sobre el tercero (1991b), etc. Estos Encuentros terminaron en 1998 por diferentes y complejas causas, fundamentalmente la situación crítica de los colegas cubanos luego de la caída del bloque de países del socialismo real, pero también por otras “crisis” del mundopsicoanalítico en general, y de los analistas que los organizaban en particular (Guinsberg, 1997b y 1998).


(21) El aparente contrasentido de ambos términos, religiones laicas, deja de serlo cuando se observa que muchos marcos teóricos son tomados de hecho como “verdades religiosas” -aunque no sean asumidos e incluso negados como tales- y sus creadores o principales teóricos citados constantemente (y no pocas veces como “pruebas” de tal verdad). Sobre esto véase mi artículo (1996b), donde se plantea que tanto el “marxismo” como el “psicoanálisis” fueron dos de las principales “religiones laicas” del siglo XX, pese a que tales praxis no lo son de por sí e incluso pueden ser vistas como importantes críticas de las religiones. Por supuesto esto puede extenderse a los creadores de sus principales escuelas (Klein, Lacan, etc.).

 

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