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Mauricio Frajman Lerner, Médico Especialista Inmunología, Medicina Interna, Hospital San Juan de Dios, Caja Costarricense de Seguro Social. Estudiante del Doctorado en Estudios de la Sociedad y la Cultura, Universidad de Costa Rica.
La evolución del conocimiento de la medicina parte del análisis del concepto de salud y los cambios que puede sufrir el cuerpo humano, situación que llamamos enfermedad. El hecho de que un individuo este enfermo fisiológicamente es constatable empíricamente, ya que presenta signos y síntomas que permiten definirlo como no sano. Lo saludable es de difícil definición, ya que tendríamos que partir de un concepto de normalidad constatable.
Michel Foucault resume ambos conceptos considerándolos como “construcciones sociales”. Así, el reconocimiento de las enfermedades parte de la capacidad de conocer: el cuerpo humano, sus partes (órganos), su funcionamiento (fisiología) y los procesos patológicos. Este conocimiento es, en última instancia, lo que otorga al médico el poder, tanto personal (hacia el paciente) como social.
Esta definición de Foucault , en el mundo occidental, se basa en la visión religiosa de que el ser humano está hecho a la “imagen y semejanza de Dios” y que por lo tanto es una máquina perfecta, así cualquier desperfecto (léase enfermedad y muerte) se debe a sus transgresiones o pecados, incluso los más “científicos” en el campo de la salud utilizan argumentos ideológicamente compatibles con estas aseveraciones, para justificar la presencia de dolencias que la ciencia médica no tiene capacidad de curar o de explicar .
Esta visión supersticiosa y primitiva persiste, a pesar de la creencia de que desde la Ilustración ya hubiese sido superada, la interrelación dialéctica entre ciencia y religión se constata en las mismas bases de la medicina moderna, los ejemplos son claros: el desarrollo del conocimiento en anatomía e fisiología se dio en contraposición al poder judeo-cristiano que impedía los estudios en cadáveres, por otro lado la determinación de las causas de las enfermedades infecciosas (y su posterior abordaje terapéutico y preventivo) deben su origen a Louis Pasteur, quien basa sus estudios en la negación de la Teoría de la Generación Espontánea, basándose en su fundamentalismo cristiano (“si Dios creó todo, no puede haber generación espontánea”).
La teoría de la evolución de Darwin es esencialmente producto de la revolución intelectual cartesiana, en primer lugar es una teoría materialista que se contrapone a los ideales platónicos y los sustituye por fuerzas reales, en un mundo de objetos existentes, en segundo lugar asume la teoría de los cambios permanentes en lugar de lo estático.
Estos dos principios materialistas y de cambio universal se insertan en el pensamiento dialéctico, sin embargo, el tercer aspecto de la teoría de la evolución, la metáfora de la adaptación es absolutamente cartesiana. Para Darwin los organismos se adaptan a los cambios del mundo externo evolucionando, así el organismo y el hábitat son estructuras independientes con propiedades aisladas, siendo que “el todo” (medio ambiente) induce a la “parte” (organismo) a cambiar para no desaparecer.
Nadie discute que la ciencia como institución está influenciada por las relaciones sociales como el fenómeno del racismo, del machismo o por el sistema de premiaciones o incentivos (económicos y sociales), incluso muchos aceptan que la ciencia es influenciada por intereses sociales, económicos y además que los hallazgos científicos tienen efecto en la sociedad, cual mejor ejemplo que la bomba atómica? O la eficacia de la muerte en cámaras de gas en lugar del “desperdicio” de tiempo y material en los fusilamientos? Sin embargo, muy pocos intelectuales admiten que las fuerzas sociales dominantes influencian o dictaminan el método científico y las teorías científicas.
El análisis cartesiano de la ciencia aliena a esta de la sociedad, afirmando que el método y las conclusiones científicas son “objetivas” e independientes socialmente.
La ciencia en todas sus expresiones es un proceso social que incide y es recíprocamente influenciada por la organización social o por su crítica. Hacer ciencia es estar involucrado como actor, consciente o inconsciente del proceso social y político. La negación de la interrelación entre sociedad y ciencia es en si un acto político que autoriza y legitimiza a las estructuras que se esconden detrás de la “objetividad” científica ayudando a perpetuarlo. {mospagebreak} La Ciencia, como se ha podido ver a finales del siglo XX tiene la capacidad de realizar descubrimientos y desarrollos, que van desde viajes a la luna, desarrollo de la comunicación, producción de metodologías productivas de alimentación y medicinas capaces de aumentar cuantitativamente las expectativas y calidad de vida de la humanidad. Si estas “maravillas” no llegan a toda la población es por la incompetencia de los políticos, con cuyas acciones, los científicos “puros” no tienen nada que ver. Esta separación, entre los intelectuales y los políticos ha sido esgrimida incluso por pensadores como Pierre Bourdieu quien afirma que: “los responsables por los campos de producción simbólica pueden determinar la aparición de productos sociales relativamente independientes de sus condiciones sociales de producción, como son las verdades científicas.
Lo característico de la ciencia es que es una actividad de un grupo especial de expertos que se auto validan: Los científicos. La propia palabra “científico” no fue usada en el idioma inglés hasta 1840. La invocación de lo científico como legitimación y de los científicos como la máxima autoridad es moderna. La objetivación de las relaciones sociales que conforma la ciencia es convertida en objetividad, falta de interés excepto la llamada “pasión por la verdad”.
Desde que la ciencia es la fuente de legitimación de la ideología, los científicos se han convertido en la forma concreta por la cual esta penetra la conciencia pública, compitiendo en ciertas circunstancias y en determinadas clases sociales con la(s) religión(es) u otros pensamientos charlatanes.
La ciencia de investigación se desarrolla fundamentalmente en las universidades, de ahí que estos centros sirvan para perpetuación de ciertas líneas ideológicas, además recordemos que los medios de comunicación ven en las universidades las fuentes de “la verdad”, por otro lado en las universidades se forman los que van a enseñar en todos los niveles de educación y además entrenan profesionalmente a los diversos grupos de clase media.
Cuanto más prestigiosa la universidad mas “verdad” dictará a la sociedad, así vemos como en las publicaciones de la Nouvelle Droite francesa, sostiene que el racismo y el antisemitismo son naturales y que no pueden ser eliminados, basándose en las publicaciones de E.O.Wilson, geneticista de Harvard, quien afirma que la territorialidad, el tribalismo y la xenofobia forman parte de la constitución genética humana a la que se han ido incorporando durante millones de años de evolución. De esta misma prestigiosa Universidad es el profesor de Zoología, Louis Agassiz quién es considerado uno de los padres del determinismo biológico, quién publicó textualmente: “El cerebro de los negros adultos es el mismo cerebro imperfecto que el niño de seis meses de gestación en el vientre de una madre blanca” y que esto se debía a que las suturas craneales de los bebes negros se cerraban mucho antes que de los blancos no permitiendo que el cerebro se desarrollara .En términos de justificación ideológica no podemos encontrar diferencias entre estas afirmaciones y el determinismo biológico que otorgaba al poder Nazi el derecho de la eutanasia (muerte piadosa) de los portadores de taras genéticas.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la mejoría relativa de las condiciones socio-económicas asociada al desarrollo del conocimiento científico y su aplicación en grandes poblaciones (vacunas, antibióticos, técnicas quirúrgicas, etc.) han permitido en muchos lugares del mundo disminuir en forma abrumadora la morbi-mortalidad de enfermedades predominantemente sociales, como sucede en América Latina especialmente en Costa Rica y Cuba. El papel histórico de la CCSS seria motivo de un amplio estudio que explique este proceso.
Como consecuencia de estos fenómenos, la mortalidad infantil, así como, la expectativa de vida, dieron un salto cualitativo, asumiendo preponderancia en salud pública aquellas enfermedades que típicamente son problemas en países desarrollados, como las enfermedades cardiovasculares, neoplasias y enfermedades crónicas. Cabe recalcar el peligro de reversibilidad de este proceso, que ya se está dando a nivel continental, como consecuencia del empobrecimiento de la población y el empeoramiento en la prestación de los servicios de salud en los últimos años.
Las enfermedades crónicas, características de los países capitalistas desarrollados son consecuentemente visualizadas dentro de la perspectiva imperante en estos. Estados Unidos como icono del poder de las grandes compañías transnacionales en el capitalismo tardío se caracteriza por presentar la contradicción interna más profunda, por un lado el superdesarrollo tecnológico y de conocimiento científico y por otro la carencia en el sistema público responsable de prestar servicio médico. El modelo de atención en salud en los Estados Unidos, y que la mayoría de los países en América Latina intentan copiar, se basa en una metodología puramente mercantilista en la cual, los medios de difusión ideológica, se encargan de convencer a la población de la “responsabilidad individual” e incluso de la culpa personal o familiar (genética) por presentar esta o aquella enfermedad. Así por ejemplo: La persona padece de cáncer porque fuma, infarto por que come, SIDA por que tiene relaciones sexuales (o en cualquier caso por tener una falla cromosomal).
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Bourdieu analiza como las estructuras de poder que se van creando alrededor de los grupos de científicos dedicados a una cierta disciplina y como a través de padrinazgos, legitimaciones y apoyo irrestricto, les permite mantener estructuras académicas y de investigación que van significar a corto, medio y largo plazo beneficios, tanto sociales como económicos. El conocimiento pasa a ser un capital y los dueños de este capital lo utilizan como cualquier otro capitalista, esto es a beneficio propio y buscando el lucro. Sin embargo insiste el autor, en que los científicos deberían participar directamente de los distintos aspectos socio-políticos de la sociedad para realmente aportar a su desarrollo y no simplemente quedar en su “torre de marfil” aislado de la sociedad y solamente usufructuando ocasionalmente de los beneficios económicos y de creación de fama (aparición en los medios masivos de comunicación). Estos fenómenos, además sirven para justificar la “verdad científica”. En las ciencias médicas dichas verdades son publicadas en revistas, consideradas como punto de referencia para cualquier argumento de análisis, diagnóstico o tratamiento, sin embargo varios de los editores de estas mismas publicaciones, han denunciado en los últimos años, el poder que ejercen las compañías farmacéuticas, poniendo en entre dicho las conclusiones de estas nuevas “biblias”, las manipulaciones y falsificaciones de datos no son hechos puntuales de una u otra persona deshonesta, sino un problema estructural derivado de la relación de la Ciencia con el poder económico.
Un estudio publicado por Jim Nuevo en el Journal of the American Medical Asociation (JAMA), revela que de 359 trabajos relacionados con nuevas drogas, publicados entre 1989 y 1998 en las mas importantes revistas médicas del mundo, 92% falseaban los datos, sea exagerando en los efectos benéficos , sea menospreciando o omitiendo los efectos secundarios.
Richard Smith Editor jefe del British Journal of Medicine afirmó recientemente en un editorial: “El fraude en las investigaciones clínicas es como el abuso infantil, una vez que se reconoce que existe se empieza a observar que es mucho mas frecuente de lo que uno cree”.
Relacionar la conceptualización de enfermedades de importancia social con la genética nos lleva irremediablemente a recordar las bases científicas que sirvieron de base teórica y justificativa del accionar del nazismo.
Los científicos que participaron activamente en la formulación de las teorías raciales nazis, o que ayudaron en el desarrollo de la gran industria de muerte en sus diferentes etapas (organización del transporte, selección de victimas y del momento apropiado para eliminarlos, desarrollo químico de los instrumentos para asesinato rápido y masivo, crematorios, eliminación de desechos, etc..), así como aquellos que utilizaron a las víctimas para experimentos con el fin de “conocer científicamente” a las razas inferiores, o hacer experimentos para ayudar a la salud del pueblo ario, son vistos como “anti-científicos” o anti-éticos y por lo tanto no representativo de los “verdaderos” científicos.
En contraposición a los científicos alineados con el régimen Nazi, la sociedad liberal burguesa nos presenta como alternativa el científico alienado de las fuerzas políticas y teóricamente independiente de los intereses políticos, económicos o ideológicos, es el llamado (y aclamado) científico puro!
Este aspecto es evidenciado tanto en aquellas afirmaciones que tienden a inducir ganancia económica en el mantenimiento del poder, así como para justificar acciones de un nivel de perversidad de magnitud inimaginable, como las actuadas por los Nazis.
Con toda la crítica sin embargo, se mantienen los argumentos que aceptan que existen ambos aspectos interrelacionados: “verdad científica” e independencia. Esta “pureza” es mas facialmente justificada en las ciencias sociales, pero igual ahí sigue siendo una falacia.
En el campo de las ciencias naturales el pensamiento ejemplificador es el determinismo biológico, sus defensores parten del principio de que sus conclusiones son absolutamente científicas, basadas en el análisis de las observaciones empíricas y si hay algún uso político de “la verdad” esto se debe a que los medios de comunicación los divulgan. Como afirma Richard Lewontin, los deterministas biológicos, son víctimas del mito que ellos ayudaron a perpetuar, el de la separación de las ciencias y las relaciones sociales.
Lewontin insiste en que existe una relación dialéctica entre ciencia y relaciones sociales, y que no solamente las conclusiones mas o menos científicas son determinadas ideológicamente, sino que el objeto de estudio así como la metodología de análisis depende de la definición ideológica del investigador.
Así, la lógica cartesiana es típicamente burguesa, por la separación entre las partes y el todo, considerando en una forma reduccionista los efectos de una a otra parte y considerando él todo como efecto o sumatoria de las partes; esta es la razón básica de la discrepancia entre la evolución de los estudios de biología molecular que cada día gana nuevos retos y el tratamiento de algunas dolencias como por ejemplo, de enfermedades neurológicas que no cambiaron mucho en decenios.
Bernard Shaw en 1911 afirmaba que la medicina como mercancía entre otras cosas era partícipe del fenómeno de la moda, como víctima de ella, o creando “nuevas modas”.
Con el desarrollo de la Biología Molecular y de la Genética, un nuevo paradigma pasa a ser “moda” en las ciencias médicas: La decodificación del Genoma Humano. Como todo fenómeno de investigación biológica, partió de la observación empírica de algunos fenómenos genéticos, tanto en la “normalidad” como en expresiones patológicas (enfermedades como la hemofilia, síndrome de Down, enfermedad quística del páncreas y otras, son netamente genéticas) y se extrapoló a que cualquier expresión humana considerada patológica o anormal es a priori genética! Las dolencias que se pretende “curar” a través del conocimiento del Genoma Humano abarcan un sin número de patologías donde desde hace decenios se conoce la interrelación con el medio ambiente y por lo tanto se engaña al público general con falsas promesas cuyo fin es únicamente el protagonismo y el poder.
Con estos ejemplos podemos observar como la manipulación de “verdades científicas” sirve por un lado para los intereses liberales capitalistas (restricciones en la obtención de seguros e comercialización de ciertos tipos de tratamientos) y por otro lado justifican las acciones discriminatorias y racistas que tipificaron las ciencias biológicas fascistas.
Sin lugar a duda la Alemania Nazi fue la precursora de lo que hoy conocemos como Salud Pública desarrollada, desde los estudios compulsorios para detección precoz de cáncer, pasando por la prohibición del fumado en lugares públicos o por mujeres embarazadas, la prohibición del uso de asbesto en construcciones hasta el control en el uso de algunos plaguicidas.
Robert Proctor en su libro“ La guerra Nazi en contra del Cáncer” analiza las publicaciones científicas, los estudios epidemiológicos y las conclusiones a que llegan los científicos Alemanes. Muchos de los “científicos puros” expresaron su envidia a los logros en el avance de la salud conducidos por los Fürer-médicos.
Como bien refiere Proctor estos avances no se dieron a pesar del fascismo, sino gracias al fascismo, lo que según el autor muestra que hasta de lo malo (el Nazismo) se puede sacar cosas buenas (Salud Pública), y ahí es donde se equivoca él y muchos otros que intentan ver en forma purista y alienada a la ciencia.
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