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Página 1 de 4 Como voy a presentar mi experiencia en dos equipos de trabajo, desde ahora en más voy a “hablar” de “nosotros” como sujeto de enunciación.Ahora bien, desde Psicología Comunitaria pensamos a la adolescencia como una categoría construida social e históricamente en procesos situados, habría entonces, diversas formas de adolescencias, significaciones y experiencias en torno a ello.
Para no caer en discursos demasiado generales y abstractos, vamos a realizar el esfuerzo de ubicarnos en territorios concretos, en poblaciones particulares y en significaciones sociales ancladas en relaciones cotidianas. Siguiendo a Ignacio Martín-Baró (1989) nos proponemos en este trabajo contribuir al desarrollo de “una psicología social que junte el rigor científico con el compromiso social”, reelaborando las construcciones teóricas en virtud de los acontecimientos presentes. Nuestra actitud es la de interpelación permanente y el compromiso con una línea teórico-ideológica a la que adherimos desde lo profundo de nuestras vivencias y que se ha dado en denominar desde nuestro campo disciplinar “Psicología de la Liberación”.
Realizadas estas aclaraciones, vamos a comenzar por ubicar el Centro de Salud Nº59 de Barrio Palmeritas, donde realicé mi práctica como residente (1). Esta salita está ubicada en la zona oeste de la ciudad de Salta y tiene a su cargo 11 barrios, con una población total aproximada de 6000 personas, la mayoría de las cuales cuenta con bajos recursos económicos: trabajos temporarios, desempleo, subsidios estatales, trabajos precarios, etc. Una vez ubicados en esta reconstrucción del recorrido vamos a comenzar con la iniciación de un reconocimiento situacional que denominamos diagnóstico comunitario y que es parte de nuestra intervención en tanto se necesita un tiempo de estar en un lugar para acceder a las comprensiones de lo que allí ocurre, las relaciones que configuran lo posible e imposible de hacer en ese espacio y nuestras propias construcciones en juego. Este espacio de análisis continúa a lo largo de todo el proceso de trabajo.
Así, en una primera aproximación a las significaciones que se tienen en estos barrios acerca de los jóvenes (analizando los comentarios de la gente del lugar), observamos que los jóvenes aparecen con características difusas, generalmente son descriptos a través de rasgos generales e inmutables que informan poco acerca de los intercambios establecidos. Es posible escuchar por ejemplo: “los chicos de hoy andan haciendo lío nomás, todo el día de vagos..”; “Yo pienso que ellos ya nacen así y siempre van a ser así”..
Ahora bien, ¿Quiénes son estos jóvenes? ¿De qué manera los adultos responden a estas conductas? es algo que permanece invisible en estos enunciados.
Si analizamos estos comentarios podemos identificar que se trata de imágenes que congelan, como en una especie de foto, las vivencias de los jóvenes en el barrio; a la vez que paralizan los intentos de acercamiento hacia las experiencias de los jóvenes. Es un discurso dirigido hacia los mismos adultos que encierra como en un círculo descripciones y explicaciones. Tranquiliza porque brinda un modelo de percepción del mundo que se condice con imágenes mediáticas de la realidad (2).
Sin embargo, estos enunciados parecen producirse en la distancia como condición de posibilidad de estas miradas adultas. Ahora bien, estas frases nos ilustran acerca de las lógicas que subyacen a las maneras de pensar-actuar cotidiana en torno a este tema. En este sentido nos orienta Eduardo Menéndez (1994) al plantear una propuesta de análisis relacional. Es decir, enfocar la “mirada sobre el sistema de relaciones construidas, que constituyen una realidad diferente del análisis aislado de cada una de las partes”. Consideramos que, desde las áreas sociales, es necesario trabajar acerca las relaciones que se establecen hoy, entre enclaves generacionales distintos, lo cual creemos tiene relevancia en el análisis de las demás dimensiones de poder construidas (género, clase, etc.). Klaudio Duarte Quapper (2006).
A partir de esto, cabría interrogarnos en estos barrios: ¿En qué lugares se incluye a los jóvenes? ¿De qué lugares quedan afuera?
Lo primero que notamos es que se piensa la inclusión en lugares previamente determinados para ellos. Así, los jóvenes deberían tener un espacio en función aprender de los que “saben”, para integrarse en “un futuro” a la sociedad, son lugares dispuestos para sujetos pasivos, a los que todavía no se integra a la sociedad. La contracara de esto se manifiesta en las preguntas que no se formulan: ¿Cómo sería, por ejemplo, integrar sus opiniones a las organizaciones que están en el barrio? ¿Cómo sería pensar los espacios de encuentro que ya están teniendo los jóvenes hoy? Estas preguntas surgen de la sospecha de que esta delimitación de espacios para jóvenes está dejando mucho por fuera. Surge entonces, la tensión entre “espacios de participación” y “ocupación de lugares”. Si comenzamos a identificar los espacios de circulación-relación de los jóvenes, observamos que se da cierta apropiación del espacio barrial (como esquinas y calles). El modo de participar se halla ligado para estos adolescentes con la utilización del espacio. Aquí nos encontramos, por ejemplo, con las denominadas “patotas”.
En torno a las visualizaciones que se tienen de las patotas en estos barrios es preciso detenernos un momento en las peleas callejeras. Lo primero que notamos es que no son los únicos enfrentamientos que se observan en lugares públicos (en los últimos tiempos se observaron en la calle peleas de parejas, disputas entre vecinos, peleas entre grupos guiados por dirigentes vecinales). Podemos decir que, sin embargo son desiguales las posiciones desde las que tienen visibilidad, hay una diferencia-distancia entre “ser joven” y “ser adulto” que marca de entrada distintos puntos desde los que se “habita” y percibe una misma situación.
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