Violencia, Maras y Martín-Baró, o suele pasar que lo reprimido persiste.
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Escrito por Santiago Navarro Cerdas*   
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Violencia, Maras y Martín-Baró, o suele pasar que lo reprimido persiste.
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* anacer(arroba)gmail.com

Hay verdades que solo desde el sufrimiento o desde
la atalaya critica de las situaciones límite es posible descubrir
Ignacio Martín-Baró

Paren el mundo, que me quiero bajar
Mafalda, a través de Quino

Resumen.


En Centroamérica la reciente formación y expresión de las Maras se entraña en un tipo de violencia estructural que enmarca la totalidad social, por lo que atraviesa la cotidianidad de la población a nivel macro y micro. Más allá de las ilusiones de la reciente utopía de la era poscomunista tras los tratados de paz a inicios de los noventa del siglo pasado, aquí se expone una mirada un tanto distinta, una donde las Maras constituyen una expresión de la persistencia repetitiva de las tensiones sociales que desencadenaron las guerras civiles centroamericanas, lo que supone también la necesidad de una vuelta esencial al análisis de las mismas efectuado por Martín-Baró. Este es un proceso hoy bastante necesario ya que claramente no hubo suficiente reelaboración, reivindicación, duelo ni cicatrización social de las tensas situaciones de violencia, opresión y desestructuración que vivió la población centroamericana y que persisten en la actualidad, como un retorno insistente de lo que pretende nublar y negar el triunfalismo “posideológico” reinante. De esta forma, se exponen aquí algunas consideraciones claves que se acercan al análisis de la violencia y de las condiciones globales de opresión social.

La utopía pos-comunista, o meras cicatrices globalizantes.


Para principios de los noventa se llegó en Centroamérica a la firma de los tratados de desarme y desmovilización militar, esto concordó con la caída de la guerra fría y la división bipolar del mundo que sostenía, se trata de la llegada de la época pos-comunista donde alrededor del mundo se vio el renacer de una utopía (véase Zizek, 2003b), una globalizadora y posmoderna que celebra la “democratización” y el “desarme” para llegar a creer en un proceso de unificación y congregación mundial sin fricciones. En esta mirada era cuestión de tiempo para que la aldea Global se formara bajo la tutela del ya consolidado Neoliberalismo que se ve como el único sistema posible en un mundo “pos-ideológico”, un lugar que supone que las ideologías llegaron a estar anticuadas y la historia llegó a ser una furibunda decadente relativa a como la quisiéramos narrar.

De esta forma la mirada mundial ideológica cambió de aires a partir de los noventa, esa celebración utópica pos-comunista opacó y barrió debajo de la alfombra a las condiciones sociales decadentes que, por ejemplo, aún persisten, en grandes dimensiones, de aquél hervidero social que en los sesentas-setentas habían desembocado en las guerras civiles centroamericanas. Se pretende ideológicamente con la nueva utopía que la nueva democracia y el libre mercado son capaces de borrar todas esas heridas históricas y se retoma así implícitamente la añeja confianza ideológica y teleológica en el Progreso -muy a pesar de la inmunización que el posmodernismo le haya querido dar.

Al iniciarse por ahí de 1989 esa especie de nueva utopía, en el mismo año del asesinato hasta hoy 20 años después bastante impune de Martín-Baró, El Salvador vio en unos pocos años su desarme de la guerra civil dejando unos 75000 muertos y desaparecidos, así como la deportación de unas 500000 personas que abandonaron el país. Los procesos de “paz” y de “democratización” en la región centroamericana no fueron procesos imparciales ni efectivos en la acción, los sectores tradicionalmente excluidos social, política y económicamente continúan como tales, por ejemplo, de manera oficial actualmente por ahí de la mitad de la población centroamericana se encuentra en la pobreza (estimándose unos 18 millones, de los cuales 8 millones estarían en la pobreza extrema para el 2006), en la distribución de la riqueza un 10% de la población llega hasta a poseer 25 veces más que el 40% de la población (Llobet, 2007).  
Esto fue nublado por la nueva utopía oficial, con ella se revivió la pretensión de una “universalidad sin sus síntomas”, una pretensión de nueva sociedad utópica sin cultivar ni aceptar la tensión que le es inherente, la negación de sí misma, la expresión del “síntoma” que le niegue intrínsecamente y resalte sus fricciones. El sentido freudiano de “síntoma” apunta a aquello que muestra el desequilibrio, la contradicción, aquello que está a la vez adentro y a la vez afuera, aquello que encubre el desequilibrio pero que a la vez nos atisba algo de su realidad. Siguiendo a Zizek (2005 y 1998) este síntoma como “social” hace asomar ese devenir de aquello que a pesar de ser inherente al orden universal existente, no tiene un lugar adecuado dentro de él, aquellos excluidos del desenfreno globalizado del consumo, los pobres de los círculos de miseria, los inmigrantes ilegales, los “sin techo”, etc.

En la nueva utopía ese otro tal “síntoma” se nubló, se pasó a un “nosotros” cerrado, implícitamente universal, también concepciones como “sistema”, “totalidad, “enajenación, “ideología”, “clase social” que por ejemplo Martín-Baró sostenía y posicionaba claramente en medio de una lucha radical entre clases salvadoreña, caducaron a inicios de los noventa casi como de la noche a la mañana, hasta que “clase social” dejaron de ser un par de malas palabras (en la guerra fría) a ser en la modernidad tardía unas palabras anticuadas, olvidadas, pasadas de moda, desconocidas, algo barrido puesto debajo de la alfombra (1).

El llamado posmarxismo se ha caracterizado por esta invisibilización de los posicionamientos sobre clases sociales así como sobre lo fundamental de los condicionamientos socioeconómicos, esto se ha expresado en el vuelco hacia el “culturalismo”, que consiste en un giro que deja de lado los condicionamientos socioeconómicos para caer en una suerte de relativismo culturalista (véase Eagleton, 2001).


No es cuestión aquí de dejar de ver que ciertamente la critica al “economicismo” marxista resulta muy necesaria, ese mecanicismo de las lecturas más ortodoxas (y por ende sumamente parciales, hasta al absurdo) que supone que la estructura determina la superestructura (lo “económico” causa lo “cultural”), debe ser modificado hacia una reciprocidad determinista no lineal entre ellas, tal como lo defendió Martín-Baró. El problema es si esta revisión del economicismo es llevado a caer en el otro extremo, en ver al determinismo superestructural, a lo “cultural”, como lo determinante, relativizando y dejando de lado lo fundamental de acentuar más bien en las tensiones socioeconómicas.
También otra tradición más reciente de la izquierda, no ortodoxa, en general ha dejado de lado ciertos aspectos clave, aspectos esenciales en Martín-Baró muy expresados a nivel de lo que llamó la lucha en el mal llamado “mundo subdesarrollado” tanto contra la colonización “académica” como contra la colonización “social” y que pueden ejemplificarse bastante bien con lo que Dussel ha problematizado como el olvido de la periferia capitalista. En esta mirada del olvido se pasa ideológica y cegadamente a echar un vistazo de que persiste una periferia excluida que ha estado desfasada de este proceso “progresivo” de expansión de la nueva lógica Globalizada de producción e interacción social.

Es lugar común de esa tradición critica más oficial de occidente (acentuado recientemente en la utopía poscomunista posmodernista) el considerar que, principalmente a partir de los años cincuenta, la nueva producción y el consumo de masas pasó de ser parte de una única clase privilegiada (la burguesía) a ser posteriormente absorbida por todo el resto de sectores sociales (“un televisor en cada casa de pobre”), situación que hizo atrancarse la totalidad de la sociedad en su misma unidimensionalidad, sin periferia alguna, sin la negatividad tradicional, cerrándose el-todo-sobre-sí-mismo.