Apuntes alrededor de algunas de las relaciones entre Filosofía y Psicología Social.
Escrito por Camilo Retana   
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Apuntes alrededor de algunas de las relaciones entre Filosofía y Psicología Social.
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Nos convoca hoy la discusión a propósito de las posibilidades de diálogo entre la psicología social y otras disciplinas. En el caso particular de las relaciones entre  la filosofía y la psicología, más que de entablar un diálogo, tendríamos que hablar de restituirlo, toda vez que cierta comunión primigenia entre ambos saberes perduró durante varios siglos (huelga decir, hasta que la obsesión moderna con la taxonomía y sus concomitantes procesos de hiperespecialización tuvieran lugar). Filosofía y psicología (que no psicología social) conformaron, en efecto, un solo núcleo discursivo no solo en Platón y Aristóteles (autor este último quien, como se sabe, fue el primero en escribir tratados sobre la psique) sino a lo largo de buena parte de la historia occidental.

Con el divorcio entre psicología y filosofía, como ocurren siempre que sobrecompartimentalizan los saberes, perdieron ambas disciplinas. La filosofía, porque en sus explicaciones comienza a prescindir de los recursos que remiten al universo de las afecciones (estableciéndose así uno de los lastres más dañinos en el pensamiento filosófico: la pretensión de producir supuestas verdades objetivas que no se relacionan ni con el sujeto que las enuncia ni con el que las escucha); la psicología porque abdica de poner en tensión sus descubrimientos a propósito de la estructura psíquica del ser humano y sus comportamientos, con ámbitos como la metafísica, la ética y, en el peor de los casos, la política. Además, la filosofía y la psicología pierden, al bifurcarse, la posibilidad de realizar reflexiones más abarcantes, que funcionen teniendo como norte el concepto de totalidad. Pero esto, permítaseme insistir, no es obra de la casualidad, sino el resultado de un proyecto de sociedad en donde el dominio juega un papel fundamental, y en donde la estrategia de parcelar los discursos tiene un alto nivel de eficacia, en la medida en que (por ejemplo desde la Academia) se presentan de forma separada problemáticas que en realidad poseen una matriz común, de modo que las soluciones que se plantean a dichas problemáticas son igualmente parciales. Así, los investigadores piensan la realidad cada uno desde su claustro, y tanto los desafíos teóricos de cada quien, como sus planteamientos aparecen desconectados unos de otros. De este modo, cada estudioso aspira a dar soluciones a los retos que se le presentan desde su propia pseudototalidad, y la transformación del conjunto de la sociedad aparece como un problema abstracto, no directamente relacionado con ningún saber.

Sobre este tema hay que decir que es sana cierta desconfianza hacia algunos discursos que comienzan a aparecer con fuerza dentro de nuestros contextos universitarios, en los cuales se habla de integrar el conocimiento, y de trabajar interdisciplinariamente. Esto por cuanto dentro de esos imaginarios con tufo new age se sigue pensando desde las falsas totalidades: unir sí, pero lo que se sigue presumiendo esencialmente separado; encadenar sí, pero sin dar con aquello que amalgama los eslabones.


Una de las consecuencias más graves que produce el cisma entre filosofía y psicología es que, una vez separadas, ambas disciplinas minimizan el papel que lo sociopolítico juega en cada uno de los dos campos. Precisamente como intento de subsanar esa carencia, en uno y otro ámbito de conocimiento surgen subramas especializadas: en el caso de la filosofía, emergen la filosofía política y la ética, mientras que en el caso de la psicología, aparece la psicología social. Ahora bien, en su orientación academicista, tanto la filosofía política y la ética como la psicología social, bien pueden legitimar el status quo (y de hecho así lo han hecho en muchos casos). ¿Ejemplos?: esos estudios de psicología de grupos que se limitan a sacar conclusiones que son verdades de Perogrullo, esos exegetas de la filosofía política que se enfrascan (cual paparazzis académicos) en la interpretación erudita de autores y que idolatran textos de manera fetichista dando así la espalda a problemáticas sociales concretas, o esos estudiosos de la ética que se limitan a analizar de forma abstracta y descontextualizada si el aborto o la eutanasia son metafísicamente correctos o no. Sobre esto, el dedicado de este congreso, Ignacio Martín Baró, llamó la atención ya en la década de los 80: pensar así en la América Latina es hacerle el juego al poder. En un continente con desigualdades tan profundas como las nuestras aspirar a teorizar desde un lugar epistémico neutral y ascéptico ideológicamente hablando, no solo constituye una ingenuidad de las de la peor calaña, sino que además implica ponerse del lado del poder. Así, cualquier esfuerzo por poner a dialogar a la filosofía y a la psicología social, tendría que partir de esa sensibilidad epistémica: el pensamiento se produce desde y para los oprimidos, cosa que nuestras cátedras muchas veces olvidan, o pretenden olvidar.