Psicología del Neoliberalismo
Escrito por Mariano González   

Mariano González, psicólogo, de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Guatemala, enero 2008

 

Introducción


El neoliberalismo es parte de la sensibilidad cultural actual. Más allá de ser una teoría que se estudie en la academia, influye perceptiblemente en la discusión pública. Sus ideas circulan en gobiernos, universidades, centros académicos y de investigación, medios de comunicación y en el sentido común de muchas personas que la consideran como fuente de verdades y normas.  Aunque ya se han realizado diversas críticas a esta corriente, puede ser útil la perspectiva de la psicología para comprender las explicaciones sobre la acción humana que proporciona el neoliberalismo. No obstante y previo a desarrollar este objetivo, se debe indicar sintéticamente qué es y qué importancia puede tener como referente ideológico de la acción. 
   
De acuerdo a Enrique Ghersi, el término neoliberalismo lo inventaron y empezaron a utilizar los mismos a quienes se les atribuye el origen de dicha teoría. Gente entre la que se encontraban, por ejemplo, Friedrich Hayek y Ludwig von Mises. Ghersi plantea que “el “neoliberalismo” se estableció como la palabra clisé que habría de describirnos en función a cuatro principios fundamentales. A saber, el mecanismo de precios libres, el estado de derecho como tarea principal del gobierno, el reconocimiento de que a ese objetivo el gobierno puede sumar otros y la condición de que cualquiera de estas nuevas tareas que el gobierno pueda sumar debe basarse en un proceso de decisión transparente y consentido” (1).
   
En pocas palabras, su tesis principal es que el mercado constituye la mejor forma de asignar recursos y satisfacer necesidades, y por lo tanto, la mejor vía para lograr el desarrollo. A esta idea rectora corresponde la necesidad de la construcción de un “estado de derecho” que no intervenga en la economía, así como eliminar cualquier otro tipo de “distorsiones” que puedan aparecer en el funcionamiento “natural y espontáneo” del mercado (como la acción de los sindicatos, los movimientos sociales y populares y las izquierdas). En la práctica ha significado el apoyo al proceso de acumulación mundial del capital, la aplicación de los llamados programas de ajuste estructural, las políticas de desregulación y flexibilización del trabajo, etc. Promueve la idea, convertida en verdad incuestionable, de que no existe alternativa a la economía de mercado capitalista.

Pero el neoliberalismo no es solo una teoría sino también un proyecto económico que tiene como referente utópico la instauración del mercado total, lo que significa la total libertad del capital sin importar los daños que se produzcan en las relaciones sociales y en la naturaleza, contribuyendo a la destrucción de las posibilidades mismas de sobrevivencia de los seres humanos (ver Hinkelammert, F. 2005). Además, en el neoliberalismo también se encuentra una determinada imagen del hombre y de la sociedad.

 

El neoliberalismo como referente ideológico de la acción


El neoliberalismo es una propuesta. No solo describe el funcionamiento económico, sino que propone un tipo particular de sociedad y de hombre. En particular, propone una visión del ser humano y de su acción que respalda su proyecto económico.

En tanto que discurso, sirve como referente ideológico para la comprensión del mundo, de las relaciones sociales y como fuente de criterios de valoración moral. Pensando el objeto de estudio de la psicología social como “la acción en cuanto ideológica” (ver Martín-Baro, I. 2004) se puede comprender que la acción humana está referida a diversos elementos de la realidad y que también, el neoliberalismo como visión del hombre y su acción (de una antropología y una psicología neoliberales), puede constituirse como uno de los elementos que orientan la acción humana y que presentan una forma de verse y valorarse. En otras palabras, de producir efectos reales sobre la acción de las personas en la medida que se propone como una descripción, explicación y normativa del comportamiento humano.  Tal como se desprende de la idea de la “acción en cuanto ideológica”, el neoliberalismo “orienta” a la gente. Está en sus actitudes, en la forma de concebirse a sí mismos, de concebir a los otros, de explicarse y  narrarse. Forma parte de las representaciones sociales que alimentan y nutren la acción. Crea una forma de sensibilidad que incluye maneras de comprenderse y relacionarse consigo mismo, con los otros y con el mundo(2).

Hay que aclarar que la imagen del hombre que propone, no se encuentra única y exclusivamente en esta corriente de pensamiento, porque también forma parte de la  cultura moderna. Como se verá en los resultados obtenidos del análisis, comparte algunas ideas sobre la acción humana que pueden encontrarse en toda una serie de expresiones de la sensibilidad moderna (incluyendo la propia psicología).

Esto encuentra explicación en tanto que el sistema capitalista no solo produce cosas, produce también personas (obreros, profesionales, comerciantes, etc.) que necesitan de cierta configuración, de cierto disciplinamiento para producir esas cosas y producirse a sí mismos como miembros de un sistema social. El capitalismo y las diversas lógicas de dominación que existen dentro de esta formación social, crean determinado tipo de personas, de subjetividades funcionales para el sistema y discursos que lo legitiman y lo convierten en modelo a seguir. Es obvio que no todos los elementos están presentes en todas las personas, grupos y colectivos que existen bajo el capitalismo (ningún sistema es monolítico ni deja de presentar contradicciones a lo interno). Pero pueden mostrar tendencias importantes en la configuración de subjetividades deseadas y logradas por el sistema. Estas tendencias son tratadas por el discurso neoliberal como algo universal y natural de la acción humana, sin considerar que los orígenes y manifestaciones dependen de condiciones sociales particulares.

El discurso neoliberal propone una explicación de la acción humana que se constituye como un conjunto de principios y contenidos relacionados, coherentes con el sistema capitalista actual. Y si bien no existe como una formulación totalmente explícita y plenamente desarrollada de esta explicación, es posible encontrar afirmaciones reiterativas y consistentes sobre la acción humana. Es en este sentido que es posible hablar de una psicología neoliberal como una forma de explicación del ser humano que opera para dar legitimidad al proyecto económico y político del neoliberalismo.

Para la construcción de este objeto de estudio, el referente empírico se obtuvo en la revisión de un total de 350 columnas de opinión en tres de los periódicos más importantes de Guatemala. Especialmente, se hizo una revisión sistemática de las columnas de Prensa Libre publicadas del primero de enero al treinta de septiembre del 2006 y de las columnas de Siglo Veintiuno publicadas del cinco de mayo al treinta de septiembre del 2006, con los columnistas que simpatizan, apoyan, promueven el proyecto neoliberal. Para una buena parte de la revisión se utilizó como fuente las versiones electrónicas de cada uno de los periódicos mencionados. A partir de la lectura de las columnas, se realizó una clasificación temática y posteriormente una revisión de todos aquellos aspectos que fueran parte de una psico-lógica neoliberal.

La psicología neoliberal


El neoliberalismo contiene la pretensión de una explicación universal  del comportamiento humano basada en una naturaleza esencial humana que es siempre la misma. Esta pretensión de una naturaleza humana constante, invariable, permite un respaldo hacia el proyecto económico que formula el neoliberalismo en tanto que la acción humana se corresponde naturalmente con el mercado. Para ello, se presenta al ser humano como alguien que no cambia en el tiempo y que no puede ser modificado. Se hace abstracción de la continua e intrínseca referencia de la acción humana a los otros y a una estructura e instituciones correspondientes que se van modificando a lo largo del tiempo.

 

“...si bien los fenómenos económicos fueron explicados en tiempos relativamente recientes, ya desde la prehistoria el         hombre se ha comportado de la misma forma: tratando de maximizar la satisfacción de sus necesidades con la cantidad     limitada de recursos disponibles” (Alejandro Alle, Siglo XXI; 18/01/2006).


Si la acción remite a una naturaleza humana dada y fija, se entiende que los cambios históricos que incluyen modificaciones en las formas que se organiza la sociedad, la producción y reproducción material de la vida, así como los cambios culturales, de pensamiento, de sensibilidad, etc., son simples accidentes que no cuentan en la constitución de la acción humana.


“Yo estoy convencido de que sí son compatibles la vida moderna y el mensaje ancestral del evangelio. Lo único que ha     cambiado de hace dos mil años para acá, es la tecnología. Las personas seguimos siendo las mismas, con las mismas         pasiones, los mismos deseos, los mismos sueños, los mismos temores” (Jorge Jacobs, Prensa Libre, 13/04/06).

Lo mismo que pasa con la historia pasa con los contextos particulares. Como no son constitutivos de la acción, pueden ser considerados como más o menos equivalentes. La acción humana, que es universal, solo realiza acomodos menores a las diversas condiciones existentes.

 

{mospagebreak}

La cultura, entre otras cosas, es apenas un sistema de premios y castigos. Aparece como algo externo a la acción y no como elemento constitutivo de la misma, puesto que no se considera que a través de las mediaciones de significados orienta, prescribe, da forma al accionar humano, sino lo premia o lo castiga a la manera del conductismo (3) más crudo. La posible influencia de la cultura se reduce a un sistema de incentivos virtuosos o perversos. Los incentivos virtuosos son aquellos que respaldan la lógica del mercado. Los incentivos perversos son aquellos que implican la participación del estado benefactor o cualquier otro tipo de “colectivismo”.

“La cultura es una especie de taquigrafía que facilita la toma de decisiones y la interacción, además de fundamentar las     instituciones...La cultura, dice Sowell, brinda un patrón a la convivencia porque recompensa y penaliza algunos                 comportamientos” (Carroll Ríos, Siglo XXI, 26/01/06).

El neoliberalismo  sostiene una reducida visión individualista que desatiende totalmente las relaciones sociales como constitutivas de la acción humana. Las tramas sociales desde donde se constituye la acción son invisibilizadas y dejadas a un lado, lo que implica eliminar todos los elementos estructurales de la acción, como el poder por ejemplo. Esto significa que las motivaciones, los deseos, la razón, las inhibiciones, cualquier elemento de la subjetividad se produce autónomamente desde el individuo. Su acción tiene como referente a sí mismo y las posibilidades de leer las señales que el mercado le envíe. Pensar así implica entre otras cosas, la absoluta responsabilidad por la conducción de la existencia. No importan las condiciones de vida existentes que permiten o niegan el desarrollo humano. La responsabilidad sobre el propio destino es absoluta, lo cual permite derivar dos conclusiones importantes para la consideración neoliberal: a) la condena de los individuos que no son exitosos o eficientes y, b) la invisibilización de la condiciones de existencia en las que se desarrollan y que es crucial para entender los “éxitos” o “fracasos”, es decir, los modos de dominación existentes en la situación real y las condiciones concretas de existencia.

Este enfoque individualista de la acción humana tiene como correlato la idea de que no existen los colectivos, sino únicamente individuos que podrían coordinar sus acciones. Los colectivos, las instituciones y otros fenómenos se reducen únicamente a la suma de individualidades y son vistos desde la suma de acciones de individuos monádicos.

“El progreso del país depende de nosotros, los ciudadanos. De las decisiones, actitud y acciones que cada uno, en lo individual, decida asumir y emprender...En conclusión: somos los guatemaltecos quienes debemos cambiar de actitud, dejar de esperar con los brazos cruzados cada cuatro años a elegir al “menos peor”, con la esperanza de que una renovación en las instituciones nos sacará de la pobreza” (Margarita Mendoza, Siglo XXI; 04/07/2006).

Las colectividades son abstracciones sin existencia real y el individuo es lo único que existe (4). Esta miopía se alimenta del individualismo metodológico que también es funcional a la concepción neoliberal. De paso, se eliminan consideraciones sobre estructuras que existen independientemente de la voluntad individual. Se niegan y se dejan de percibir fenómenos estructurales. En el fondo, es una teoría actancial bastante rudimentaria que se hace eco de todas las publicaciones respecto a una “psicología motivacional” que pierde de vista las tramas sociales desde las que se desarrollan las personas y que son las que le permiten diferenciarse.
   
El sujeto propuesto por el neoliberalismo es un sujeto abstracto, sin cuerpo. Se habla de seres humanos que funcionan y operan a través del calculo de medio-fin. No de seres humanos que participan en contextos donde se producen y operan desigualdades, y en el que las personas mueren por las condiciones estructurales de pobreza y discriminación. Al hablar de la actividad del sujeto se habla de gustos o preferencias y no de necesidades, porque las necesidades aluden a cuestiones que van más allá de un asunto subjetivo (en un sentido restringido, opuesto a objetivo) y que remiten a la corporalidad humana, viviente y necesitada. Las personas primariamente necesitan qué comer y no solo manifiestan preferencias o gustos por determinado tipo de comida. Pero las necesidades son un tema incómodo porque remiten a la existencia concreta y a asuntos de vida o muerte, y no de gusto subjetivo. La abstracción que se hace del ser humano es una forma de prescindir y negar su corporalidad necesitada.

Pero hay otra característica importante del sujeto para la psicología neoliberal. El sujeto es trascendencia que se relaciona de forma soberana con el mundo. Accede a la realidad a través de recursos internos y que se generan desde el propio sujeto. Su conciencia se presenta como la única garantía de la bondad de la acción. ¿Qué resulta? Un sujeto no solo egoísta (cuestión que se abordará posteriormente), sino más allá de esto, solipsista (5). Sin mayores vínculos ni comunicaciones significativas y recíprocas con el mundo. Un ser que nace de sí mismo, sin referencia a los otros y que puede utilizar su voluntad para transformar el mundo. De hecho, lo único que importa es precisamente su voluntad, sus intenciones, sus apetencias. La realidad resulta un apéndice del sujeto, modificable de acuerdo a sus requerimientos.

“El racismo únicamente existe en la mente del acomplejado. Conozco a muchas personas a quienes poco les importa que se refieran a ellos como “negros” o “indios”; en especial cuando se les trata de insultar. La razón es muy sencilla. Las personas seguras de su identidad no se dejan ofender por ese tipo de calificativos. Al acomplejado, por otra parte, no se le puede tocar con el pétalo de una rosa porque encontrará un motivo para ofenderse o para ofender. Es muy difícil eliminar el racismo porque siempre habrá acomplejados en ambos lados” (José González Merlo, Prensa Libre; 11/04/2006).

Hay una inversión de términos de la situación existencial humana. En lugar de comprender que es el mundo y los otros que le antecedieron, se coloca en primer lugar a un sujeto trascendente. Y no solo ontológicamente sino también éticamente. Primero es el sujeto, luego el mundo y  los otros.

Además, la consideración de una conciencia soberana como la que se propone, contradice directamente la idea de que el sujeto humano es profundamente social y las consecuencias que se derivan. La sociedad es constituyente de la subjetividad. A través de las relaciones con los otros y las mediaciones existentes que esos otros “portan” de las instituciones, se va formando el sujeto. La misma posibilidad de ser humano se encuentra en el otro. El otro es siempre anterior al yo. No obstante, para el neoliberalismo, lo verdaderamente importante es una “parte” de la mente, la conciencia o el espíritu que permanece inmune a la influencia social y que permite actuar y juzgar sobre la realidad (la posibilidad de calcular). Aquí se encuentran incluso, los recursos al cambio y las transformaciones. La realidad es apenas un objeto a manipular a través del pensamiento. 


“Más aún, a pesar de los grandes adelantos en los últimos dos siglos, los conflictos recurrentes a todo nivel, desde la familia hasta las naciones, nos reafirman en la creencia que, para resolver los verdaderos problemas del hombre, hay que buscar adentro y no afuera” (Jorge Jacobs, Prensa Libre, 13/04/06).


¿Qué significa esto? Que la crisis del medio ambiente, las guerras, la violencia, el narcotráfico, la pobreza, las hambrunas, la discriminación, la explotación, el racismo son problemas secundarios y no “verdaderamente” importantes, o que se solucionaran a través de “buscar dentro” y no en la realidad. El hecho de que los conflictos familiares y nacionales “reafirmen” la creencia de que la solución a los mismos es interior también implica que no hay voluntad para salir de una perspectiva que asume tener las respuestas ya dadas a los problemas y de un aislamiento francamente autista.

 

{mospagebreak}

Consecuentemente, la evaluación de la bondad o maldad de la acción también se verifica a nivel íntimo. Los resultados de las acciones en función de los efectos que se generan y que alcanzan a los otros se esfuman (una de las derivaciones de esta situación son los daños que se producen en el ambiente y el deterioro de las relaciones humanas, así como la frívola irresponsabilidad con la que se consideran estas cuestiones).  Una clara expresión de hasta dónde puede llegar este solipsismo es la siguiente:

En el discurso de John Galt, Ayn Rand escribió: “Comprendí que llega un punto, en la derrota de todo ser virtuoso, en que su consentimiento es necesario para que el mal triunfe... y que ningún tipo de daño que le hagan los demás puede tener éxito si él decide negar su consentimiento. Comprendí que podía poner fin a sus atropellos pronunciando una simple palabra en mi mente. La pronuncié. La palabra es: No”. (Luis Figueroa, Prensa Libre, 26/08/06).

En este caso, lo que se coloca como centro es la omnipotencia de la voluntad humana. Esto llega al absurdo de considerar que se puede poner fin a los atropellos “pronunciando una simple palabra en mi mente”. No se presta atención a los aspectos materiales, de poder que existen en las relaciones humanas, sino se espera que el cambio efectivo y el alto a los “atropellos” se operen en el sujeto, presentado como autista.

La solución de todos los problemas se hace factible a través de la voluntad individual (a ese no pronunciado en la mente) debido a que esos problemas no tienen existencia en la realidad, sino existen únicamente en la mente del sujeto, pues este es el asiento último de la realidad. El racismo, como se observó, no existe sino en la mente de personas “inseguras de su identidad” o acomplejadas.

En cuanto a los contenidos propios de esta psicología, tributaria de la “ciencia económica” en general y de una sensibilidad que recorre el pensamiento moderno, el ser humano es fundamentalmente egoísta. Lo mueve su propio interés. Y se interesa únicamente en aquellos asuntos que tengan que ver con su beneficio o detrimento personal. En todo caso, siempre se antepone el interés personal a cualquier otra posible consideración. Esta es la motivación fundamental del ser humano. Paradójicamente, a través de la famosa mano invisible, cada quien al actuar buscando su propio beneficio, posibilita el interés general. En este sentido, no solo se convierte en un hecho real, en la configuración propia del psiquismo humano, sino se convierte en un mandato ético asociado al máximo valor: la libertad de poder escoger aquello que queremos (6).


“...los seres humanos siempre actuamos persiguiendo finalidades. Las personas no hacemos nada que no persiga un fin. Perseguir fines es propio de la acción humana; y ni usted ni yo, hacemos algo si no es con un propósito. Para el pensamiento liberal, en la persecución de los fines distintos es en donde se manifiesta la libertad: y la defensa de la libertad tiene sentido porque los seres humanos no somos animales, piezas de una gran máquina ni cosas. Cada quien tiene sus fines. Cada quien tiene el legítimo derecho de perseguirlos y hasta de hacer de ellos el propósito de su propia existencia” (Luis Figueroa, Prensa Libre, 18/02/06).

  
No hay acción que no esté motivada por la búsqueda de dichos fines, las personas “no hacemos nada” de manera espontánea (esto elimina la posibilidad de comprender el juego, el amor, la solidaridad y toda una serie de acciones humanas que no implican la persecución de estos fines de los que se habla. O reduce su comprensión y los pervierte puesto que son comprendidos de una forma estrecha). Además, no sólo es una cuestión inherente a la naturaleza de lo humano, por cómo estamos constituidos, sino también es algo que está sancionado por el derecho y se convierten en algo que debe ser así. El único problema es el medio elegido. Pero los fines siempre son propios, es decir, egoístas (7).

Ni siquiera existe preocupación efectiva por algo que le pueda suceder a los otros, existiendo la posibilidad de tener un “interés propio” que vaya más allá de la propiedad. El interés propio se refiere exactamente a eso: a lo que es mío. No hay preocupación que esté más allá de este estrecho círculo. Me puede importar algo realmente si se refiere a mi vida, libertad y propiedad. Considerar a los demás, a excepción de expresar un cálculo de interés, está fuera de esta perspectiva. 

Pero además, este egoísmo también proclama la insolidaridad de forma abierta y como mandato ético. Se niega el carácter profundamente social y relacional del ser humano, así como de la necesaria reciprocidad y la responsabilidad que se tiene frente a los otros que han hecho posible la existencia personal. Uno se debe preocupar únicamente de lo que hace uno mismo. Lo que hagan los demás no debería entrar en nuestro cálculo de intereses. Cada quien cuida de sí mismo y eso es lo mejor que se puede hacer.


“A usted que no le preocupe cuánto va a “crecer” el país, mejor ocúpese en que sus ingresos y los de su familia crezcan. Aunque usted no se dé por enterado de ello ni le afecte, mientras más crezca usted mismo, más crece el país” (Jorge Jacobs, Prensa Libre, 05/01/06).

O de forma más cruda:

“No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú mismo, por ti” (Luis Figueroa, Prensa Libre, 13/05/06).

Esta despreocupación por el prójimo es vista como un valor positivo. Se plantea que lo mejor que se puede hacer para “ayudar” al prójimo es desentenderse de él. La responsabilidad (entendida como un responder ante), la solidaridad, la capacidad de ayudar que se observan diariamente en miles de espacios de lo cotidiano son desatendidas y negadas frente al imperativo de que cada quien haga lo suyo sin intervenir.

 

{mospagebreak}

Más particularmente,  el ser humano actúa de acuerdo al cálculo que hace sobre los posibles beneficios a obtener o para evitar males. Calcula que es lo que le resulta mejor en términos de costo-beneficio. Es un sujeto que coloca sus preferencias de acuerdo a una tabla de beneficios o pérdidas y que actúa en consecuencia. El lugar privilegiado para este cálculo es la vida cotidiana que se realiza en el mercado y la actividad económica diaria, pero va más allá, y en toda la actividad humana se realiza este cálculo de beneficios y pérdidas. Esto significa que la vida humana está planeada enteramente tal como una empresa.

“El problema consiste en que, para progresar, el valor que la sociedad le asigna a las cosas que desea, tiene que ser mayor que el valor que le asigna a los recursos que emplea. Si no, estaría perdiendo la diferencia. Ello requiere —y todos lo hacemos a diario inconscientemente— comparar el valor, con base a los precios que le asignamos a los recursos que consumimos y lo que obtenemos. Ese es el famoso “cálculo económico” (Manuel Ayau, Prensa Libre, 12/01/06).

Al sujeto que calcula le corresponde un tipo particular de mundo. Es el mundo que es calculado, y que se representa como objeto de consumo o como parte del cálculo de ganancia, que despierta en el sujeto, tan solo el deseo de ser consumido. Es un mundo para consumidores o propietarios, que pueden aprovecharse de él. Todo se puede medir de acuerdo al criterio de uso y beneficio. Hay una abstracción de las características particulares de los objetos en función del único criterio que importa. En ese sentido, todo se vuelve cambiable por otra cosa. Las cosas son para consumir y desechar en forma cada vez más acelerada (8).

“¿En qué se parecen un lago de montaña y un terreno? En que ambos tienen el potencial de producir riqueza, siempre y cuando sea posible aprovecharlos. Con el agua del lago puede generarse algo tan valioso como la energía eléctrica (¡gracias, Maxwell!), y con el terreno puede facilitarse el acceso a financiamiento...Ocurre que un terreno, un edificio, o una máquina son bienes de capital y tienen sus funciones “físicas” naturales: en el terreno se puede construir una fábrica, en el edificio puede funcionar una oficina, y con la máquina pueden producirse mercaderías” (Alejandro Alle, Siglo XXI, 25/09/06).

La evaluación de toda actividad humana en función de pérdidas y ganancias, implica que se vuelve objeto de consumo. El ideal es que todo sea cuantificable, es decir, pasible de ser medido en función de pérdidas o ganancias. Y esto no es característico de las relaciones que se tienen con las cosas. También las personas o las ideas reciben un trato semejante por parte del sujeto que calcula. Todo es calculable. O mejor dicho, todo está puesto en función del cálculo del propio beneficio (9).

“Se podría decir que la familia unida genera “externalidades positivas”—los actos de sus miembros benefician a otros miembros de la sociedad. En contraposición, las familias que se han denominado “disfuncionales” generan externalidades negativas” (Carrol Ríos, Siglo XXI, 25/08/06).

Contradictoriamente, para esta psicología un atributo importante de la acción es la capacidad del ser humano de captar objetivamente la realidad. Objetividad significa que la razón pura gobierna y que las pasiones son un estorbo para el razocinio (lo cual es típicamente moderno). La realidad está allí enfrente del ser humano y su constitución psicológica particular le permite “aprehenderla” tal cual, sin ninguna mediación. La objetividad no sirve solo para hacer análisis de la realidad, sino resulta necesaria para actuar eficazmente en el mercado, de allí la importancia de atribuirla como capacidad humana resuelta. Se demanda saber orientarse por los signos que emite diariamente el mercado, con lo que queda garantizado el beneficio y el éxito en la actividad económica.
  
“Cuando un empresario, o sin ir más lejos, cuando una persona común y corriente se percata de que algo anda mal con las estrategias que implementa para mejorar sus ventas o su negocio, hace una revisión de lo que está haciendo y da marcha atrás o cambia de estrategia” (Jorge Jacobs, Prensa Libre)

Es obvio que lo que aquí se está postulando es un valor. Y un valor bastante discutible, en la medida que la objetividad como ha sido tradicionalmente entendida, es decir, como correspondencia entre el pensamiento y el objeto de pensamiento, ha sido puesto en tela de juicio ya desde Kant, por ejemplo. No obstante, hay una celebración de la objetividad en el pensamiento neoliberal. Celebración que puede estar ligada al dogmatismo que se hace presente en esta tendencia y que necesita considerar su perspectiva como científica. Las afirmaciones centrales en torno a la defensa del mercado, del estado de derecho y las críticas contra el estado benefactor y los movimientos sociales y populares, es decir, todo lo que introduce “distorsiones al mercado”, están fuera de toda duda. Es necesario garantizar la objetividad del ser humano, en la medida que esto garantiza la objetividad de sus juicios.

Además de estas características propias de la naturaleza humana, existen algunas características que pueden ser muy  valiosas. Uno de estas características propuestas es la de la capacidad de emprendimiento. Es central en la medida que representa un ideal de existencia, un deber ser que produce los mejores resultados en cualquier situación. Pareciera ser una característica natural de los empresarios que a través de sus sufridos y abnegados esfuerzos posibilitan, sin proponérselo siquiera, el beneficio para la comunidad, para todos. Este grupo de personas se convierte en el ideal a alcanzar, resulta admirable y “emocionante” contemplar su actividad dirigida a la creación de bienestar que se extiende más allá de su propio interés.

“...empresarios que arriesgan su patrimonio y diariamente se esfuerzan desde la madrugada para coordinar el trabajo de sus empleados y para conseguir materias primas de cualquier parte del mundo, las que luego convierten en otras cosas o servicios, para que usted y yo tengamos más opciones... Por todo ello, es admirable y emocionante observar a todos los que hacen, esmerados en economizar recursos y tiempo para que todo nos salga, a usted y a mi, mejor y más barato, aunque no nos conozcamos ni les importe nuestra suerte. Lo hacen con el incentivo más poderosos que hay: su propio interés…” (Manuel Ayau, Prensa Libre, 07/05/06).

La traducción psicológica de este “emprendimiento” sería la categoría de actividad. Los empresarios son activos (o proactivos como se gusta decir ahora). Esta actividad parte de la racionalidad, la objetividad y la capacidad de controlar sus deseos en función de la actividad económica (10).
  
Si no se puede ser “emprendedor” (buen empresario), existe la posibilidad y el deber de ser buenos trabajadores. Siempre hay que contar con el optimismo, pero también se necesita ser “laborioso”, “paciente” (virtudes que son ideales para trabajadores de maquila que reciben salarios miserables y no obstante, se deben conformar con eso).

“Se definió el perfil idóneo al que debemos aspirar. Guatemala necesita ciudadanos laboriosos, sinceros, pacientes, solidarios y magnánimos, entre otras importantísimas cualidades a las que debemos aspirar.” (Verónica Spross de Rivera, Siglo XXI, 01/02/06).

Además de individuos disciplinados, se deben formar también trabajadores mansos y obedientes, que no realicen formulaciones críticas sobre sus condiciones de trabajo. Dentro de esta perspectiva aparece claramente la tendencia a denunciar la crítica realizada desde la izquierda y de ciertos sectores sociales,  reduciéndola a pesimismo. También es común suponer que los que participan en movimientos sociales y populares, o los que observan las negatividades del mercado y de otros campos de defensa del neoliberalismo son individuos con un trasfondo peligroso, patológico, de origen oscuro y resentido. En suma, se considera que existen algunas actitudes negativas que “no contribuyen” al desarrollo. Se caracteriza a las personas como críticas, negativas, pesimistas, “alegonas”, etc.

“Por un lado están los que critican a los que hacen. Ellos dicen preocuparse por usted y no por su propio interés; quieren cuidar la salud de usted, de la educación de sus hijos, de sus problemas. Ellos no hacen nada, no producen, no venden, no educan, no nos prestan servicios útiles, pero critican y nos dicen cómo hacer” (Manuel Ayau, Prensa Libre, 07/5/06).
 
Lo deseable es el “optimismo”. Tal característica se convierte en una prescripción para la acción que con ello asegura resultados positivos y de cambio efectivo en la situación personal. De acuerdo a esta tendencia, lo que importa es la actitud que se muestre frente a la realidad y los problemas. Una actitud optimista, “llena de energía” es lo que se necesita para que se produzcan cambios a nivel individual, grupal y nacional incluso.

Y sin embargo, la actitud es lo único que puede hacer la diferencia en nuestras vidas…Porque la actitud es un sentimiento interno expresado externamente en forma inconsciente a través del comportamiento. Si sentimos que los guatemaltecos somos mediocres, actuaremos como tales. Si sentimos que los guatemaltecos somos negativos y pesimistas, nos comportaremos así. No importa que esa no sea nuestra intención, inconscientemente lo haremos. Dicho de otra forma, la actitud determina nuestras acciones, colorea todos los aspectos de nuestra vida. (Margarita Mendoza, Siglo XXI, 29/08/06).
 
En el fondo es otra expresión de que la voluntad puede arreglar el mundo, pero ahora con la intención de vender un proyecto. Aquí la idea es que con optimismo y energía se pueden lograr los cambios que se desean para la propia vida y para el país. Si cada quien cambia y percibe de forma distinta la realidad, esa realidad devendrá la que se desea y no hay que preocuparse de otras condiciones que no sean las individuales.

Reducir de manera tan drástica la realidad hace perder de vista las complejidades y la acción humana que está referida a otros y al contexto, que es mucho más que ideas o actitudes cambiables a voluntad. No obstante, se constituye como un referente para la acción y se transforma en consiga para quienes participan en este movimiento directamente y para algunos que resultan atraídos a esta promesa de cambio. Además, permite condenar a quienes no se han “contagiado” de estas ideas por su pesimismo y a olvidar la trama de relaciones que constituyen la existencia de personas y colectivos.

 

{mospagebreak}

 

Conclusión


La propuesta psicológica del neoliberalismo opera con la reducción drástica de factores esenciales para la comprensión de la acción humana. Se elimina la importancia de los otros en tanto que seres complejos que participan decisivamente de la construcción personal. Se elimina el contexto y la historia y se proponen factores universales, invariantes en el espacio y tiempo. La importancia de los significados (generados desde esa  historia y ese contexto, es decir, construidos ideológicamente) se hace invisible.

En lugar de abordar las complejas relaciones con la realidad, afirma que la acción está referida a factores puramente personales y subjetivos. Ente ellos el egoísmo natural del ser humano, la capacidad de actuar en función de una razón abstracta que relaciona medios y fines para extraer el máximo provecho, etc. Pareciera que el ser humano es una máquina que elige su acción en función de una tabla de preferencias subjetivas. Estas preferencias subjetivas también están dadas por el propio sujeto, puesto que el exterior no es determinante.

Además, la “naturaleza” de la acción humana implica que no es posible el cambio. Los seres humanos son así, de una vez y para siempre. Considerar la acción humana de forma distinta es negarse a los hechos y tratar de cambiar lo que es inmodificable. Y esto tiene un sentido preciso: apoyar el proyecto económico-político del neoliberalismo. Si los seres humanos durante toda su historia han buscado y buscarán “maximizar” sus beneficios, la presentación de alternativas que se basen en otras posibilidades se observa inútil. Resulta imposible pensar otro mundo, buscar alternativas a un capitalismo suicida, porque esto contraviene la naturaleza humana. Los seres humanos no pueden ser de otra forma, por lo tanto, hay que aceptar que su comportamiento será siempre igual. 

Se fomenta la idea de una competencia feroz que desanima los posibles vínculos de solidaridad con los otros. Junto a una tendencia creciente a desarrollar prácticas de trabajo individuales (disfrazas de un “manejo participativo”), se tiende a fragmentar y romper las vinculaciones sociales solidarias (ver Bordieu, P. La esencia del neoliberalismo). Se reemplaza por las ideas de competitividad y eficiencia. Y el resultado es simple: quien no es competitivo y eficiente pierde. Pero además, pierde por su propia culpa, por su propia ineficiencia. No se observa que el mercado es una máquina de producción de ganadores (cada vez menos) y de perdedores (cada vez más) estructurales.

En última instancia, la visión neoliberal, puesta en función de un capitalismo salvaje, propone la idea de ser humano individualista e insolidario, incapaz de comunicarse realmente con sus semejantes. A los que ve como satisfactores de sus necesidades o como competencia. Con esta imagen, la irresponsable destrucción del mundo y de la vida se ve legitimada. Y esto es cinismo y nihilismo. 

Notas



(1) Vale la pena resaltar que el artículo del que se extrae esta cita se titula  El mito del neoliberalismo y aparece en la página electrónica del Cato Institute y el autor, según se refiere en el artículo, es miembro de la sociedad Mont Pellerin, es decir, es un claro y calificado representante del neoliberalismo.
 
(2) Durante la elaboración de este trabajo en Costa Rica, se discutió con varias personas provenientes de Latinoamérica y Europa, que el “discurso neoliberal” es un fenómeno extendido en muchos países y que alimenta formas de pensarse y valorarse en diversos grados.  
 
(3) El conductismo es una teoría del comportamiento humano, cuyo inicio se sitúa con el estadounidense J. B. Watson. En sus versiones más duras, propone que todo comportamiento humano se puede explicar en términos estímulo-respuesta. 
 
(4) Cuando se podría considerar lo contrario como cierto: lo que no existe es el individuo como ser autárquico e indiviso, formado desde sí. Existen sujetos humanos que establecen continuamente relaciones con los otros y con instituciones preexistentes a su constitución. La intersubjetividad siempre está antes y debajo del sujeto. 
 
(5) Indudablemente, como otras características que los neoliberales hacen suyas, esta idea se puede encontrar en todo el movimiento de la modernidad. 
 
(6) El ser egoístas se vuelve mandato, porque es natural y lo más conveniente. A veces, sin embargo, es mejor cambiarle de nombre: “El ser humano busca siempre mejorar. Por esto actúa. De lo contrario estaría inactivo. Si le llamamos “egoísmo” a tratar de mejorar entonces todos los seres humanos somos egoístas. Prefiero llamarle “interés propio” (Ramón Parellada, Siglo XXI, 07/09/06).
 
(7) Entre otras cosas, hay una confusión entre fines y finalidades. De acuerdo a Hinkelammert, se puede considerar que el término fin corresponde a la relación que se establece entre medios-fines, que supone su  búsqueda de acuerdo con el mínimo de medios. Se podría decir que los fines son los objetivos específicos que se espera alcanzar con el uso racional (eficiente) de los medios, que en la actividad económica se equipara a la relación costos de producción-precio del producto. Todo esto no dice nada respecto a la finalidad del cálculo o la producción. La teoría económica propone que los fines elegidos se deben a una cuestión de preferencias, de gustos. Y que cada quien elige aquello que prefiere. No hay forma de decidir la superioridad de determinados fines sobre otros.  Y no obstante, se debe considerar que la condición de posibilidad de cualquier fin es la vida misma. La vida no es un fin que compita con otros, sino su condición de posibilidad. Si se muere, se disuelven los fines. La finalidad de la vida es ella misma (ver Hinkelammert, F. 2005). 
 
(8) El fenómeno del acortamiento de la vida media de las mercancías no es un fenómeno casual. Es resultado de una política económica destinada a acortar el ciclo de consumo y acelerar la acumulación del capital a través de ventas más aceleradas. Entre otros efectos de este desquiciamiento del consumo se encuentra la destrucción del medio ambiente (comunicación de Wim Dierckxsens en el módulo “Globalización y alternativas” del SIF, San José, 2006). En el plano psicológico le corresponde la actitud de consumir cada vez más rápido. Toda la publicidad se orienta en este sentido. Lo nuevo, lo novedoso se equipara con lo apetecible. A la producción de objetos cada vez más rápidamente desechables corresponde el deseo de consumir y descartar en forma cada vez más acelerada. Esto se observa nítidamente en el consumo de ciertos objetos como celulares, equipo de cómputo, electrodomésticos, vehículos… 
 
(9)  Esta forma de entender al mundo (incluido a las personas que lo habitan) como objeto de consumo o que me permitirá la ganancia, puede ser uno de los factores que contribuye a la popularidad de teorías como las del capital social y capital humano, que efectivamente tienden a ver los atributos sociales y humanos en función de las posibles ganancias o beneficios que produzcan. Lo específicamente humano del asunto se desentiende: el consumo como sostén de la vida y no como fin en sí mismo.  
 
(10) La discusión sobre el significado de la actividad excede estas páginas. Pero hay autores como E. Fromm que distinguen la actividad del hacer. Actividad implica también libertad no sumisión. Y por supuesto no sumisión al capital.

Bibliografía


Bajtín, M. (2000). Yo también soy. Trad. Tatiana Bubnoba. Taurus, México, D.F.

Bordieu, P. La esencia del neoliberalismo en www.rebelión.org

De la Fuente, G. (1999) Amar en el extranjero. Media Comunicación, S.A. de C.V. México, D.F.

Dierkcxsens, W. (2000) Del neoliberalismo al poscapitalismo. DEI, San José.

Gallardo, H. (2005) Siglo XXI. Militar en la izquierda. Arlekin, San José.

Gallardo, H. (2006) Siglo XXI. Producir un mundo. Arlekin, San José.

Ghersi, E. El mito del neoliberalismo en http://www.elcato.org/node/1243 

Gutiérrez, G. (1998) Ética y economía en Adam Smith y Friedrich Hayek. DEI, San José.

Hinkelammert, F. (2005) El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido. EUNA, San José.

Martín-Baró, I. (1999) Sistema, grupo y poder. Psicología social desde Centroamérica II. UCA Editores, 4ª. edición. San Salvador.

Martín-Baró, I. (2000) Psicología social de la guerra. UCA Editores, 3ª. edición. San Salvador. 

Martín-Baró, I. (2004)  Acción e ideología. Psicología social desde Centroamérica. UCA Editores, San Salvador.

Smith, A. (2005) La riqueza de las naciones. Trad. Carlos Rodríguez Braun. FCE, México, D.F.